El Heraldo
Opinión

Matar a Gabo

La obra pretende ser «la crónica íntima de los últimos días de un genio», pero no lo consigue. Sé que a muchos les parecerá válido el libro.

Es miércoles cuando empiezo a escribir esta columna. Ha llovido casi todo el día, parece que hay una tormenta en el Caribe, o eso escuché. Acabo de regresar de Puerto, mi hijo condujo por la antigua vía, estrecha y serpenteante, así que pude contemplar la lluvia en los potreros reverdecidos, que pronto desaparecerán para dar paso al progreso, ese infame fraude de cemento gris y negras hipotecas. Vi también, desde una de las colinas de Pradomar, la arremetida del oleaje en los restos del viejo muelle de Bahía Cupino.

Me siento a escribir en el balcón. Una poca de lluvia basta para que se vaya la luz en la «incontenible» Barranquilla. Tenía varias ideas en remojo, pero una ha terminado por imponerse. No es una idea, en realidad. Es, más bien, un malestar, una suerte de desagrado que la lluvia consigue acrecentar. Me doy cuenta, asimismo, de que en el origen de ese disgusto está un libro que acabo de leer, Gabo y Mercedes: una despedida.

No suelo escribir sobre obras que me desagradan, pero por tratarse del hijo de Gabo voy a hacer una excepción. El libro tiene 32 capítulos breves. Es evidente que se escribió solo para el padre, pues le dedica 31 capítulos a la muerte de Gabo y solo uno a la muerte de Mercedes. Fue escrito en inglés por el primogénito del Nobel colombiano, Rodrigo García Barcha, nacido en Bogotá y criado entre Ciudad de México y Barcelona. La versión que leo en español es una traducción de Marta Mesa.

No necesita Pilar Ternera leer las cartas ni Plácida Linero interpretar los sueños en ayunas para vislumbrar por qué el hijo de Gabo elude el idioma de su inmenso padre. «Es simple: le dio culillo», me dice un viejo boga de Magangué, el terruño a orillas del Magdalena donde nació Mercedes Barcha. 

Es jueves cuando termino de escribir esta columna, la madrugada se mete azarosa por las ventanas del estudio. He recordado la idea perspicaz de Gabo  acerca de las tres vidas a las que todos tenemos derecho: la pública, la privada y la secreta. Me parece una cruel ironía —estuve a punto de escribir «felonía»— que sea precisamente su hijo quien lo prive de esta última.

La obra pretende ser «la crónica íntima de los últimos días de un genio», pero no lo consigue. Sé que a muchos les parecerá válido el libro. No pocos ya lo saludan con beneplácito y hablan del rigor, el respeto, el amor y la misión altruista del hijo cineasta que decide completar la única crónica que su padre no podía escribir.  Otros dirán que es su retoño bienamado y como tal tiene todo el derecho a hablar de su padre como le parezca. Si todo eso es cierto, ¿por qué el hijo de Gabo se disculpa tanto?

Quizá porque la muerte de Gabo merecía una crónica que fuese una honda meditación sobre la vida, como las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre —quien por cierto se llamaba Rodrigo—, no una torpe y desafortunada relación para contar que hubo que amarrarle una toalla para cerrarle la boca o que a los nietos les pareció chistosísimo ver al abuelo convertido en kilo y medio de ceniza. Rodrigo García parece al menos darse cuenta entre líneas: «Quiero tomarle una fotografía y lo hago con el celular. Al instante me siento mal del estómago, culpable y avergonzado de haber violado su privacidad de una manera tan violenta.»

No era necesario traicionar la intimidad de Gabo, ni exhibirlo en la penuria de su desmemoria, revolcándose en la demencia, con los genitales embadurnados de crema antipañalitis…

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