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Homero y los chistes

¿Qué es lo que tienen en común todos los textos literarios? La respuesta más frecuente es que no comparten muchos elementos. Lo que existe en realidad, concluyen, es una compleja red de parecidos que se superponen y entrecruzan. Para el caso específico de la literatura, puede incluso hablarse de ciertos «rasgos constitutivos». La obra individual, en este sentido, debe exhibir al menos una de estas características significativas, uno de estos «parecidos» para que se la considere un miembro efectivo de la familia. 

Son dos las doctrinas que han pretendido responder a la pregunta respecto de si realmente existe algo que pueda llamarse «Literatura». De un lado se ubica el esencialismo, con su fe en el realismo, las categorías generales, los universales, las esencias; del otro, el antiesencialismo, defensor del nominalismo, las sustancias individuales, singulares, particulares. Para el primero, la literatura posee una esencia universal; para el segundo, no hay esencia alguna, lo que llamamos literatura no es más que una convención, una contingencia. 

Recientemente, el teórico inglés Terry Eagleton ha sostenido con acierto, rectificando su antigua opinión, que el nominalismo no es la única alternativa al esencialismo, pues del hecho evidente de que la literatura no posea ninguna esencia no puede desprenderse que no tenga legitimidad en absoluto como categoría. Ello equivaldría a afirmar que es por completo arbitraria. Para Eagleton, la alternativa más convincente para este falso dilema sigue siendo la teoría de los denominados «parecidos familiares», del filósofo austríaco Ludwig Wittgenstein. De hecho, una de las más sugerentes soluciones de la filosofía al problema casi insoluble de la identidad y la diferencia.

Eagleton retoma la célebre comparación del enrevesado tejido de afinidades con los parecidos que comparten los miembros de una misma familia. Así, unos miembros poseerán uno o dos de estos rasgos, pero no más; otros tendrán una mezcla de varios, junto con alguna otra característica. De esto se colige que tal vez dos miembros de la misma familia no tengan en común ninguno en absoluto, aun siguiendo vinculados entre sí mediante otros elementos interpuestos en la serie.  

¿Qué es lo que tienen en común todos los textos literarios? La respuesta más frecuente es que no comparten muchos elementos. Lo que existe en realidad, concluyen, es una compleja red de parecidos que se superponen y entrecruzan. Para el caso específico de la literatura, puede incluso hablarse de ciertos «rasgos constitutivos». La obra individual, en este sentido, debe exhibir al menos una de estas características significativas, uno de estos «parecidos» para que se la considere un miembro efectivo de la familia. 

Cuando hoy alguien considera literario un escrito tiene en mente, por lo general, una de estas cinco características, o alguna combinación de ellas: que sea de ficción (factor ficcional), que arroje intuiciones significativas sobre la experiencia humana, en lugar de simplemente informar sobre verdades empíricas (factor moral), que utilice el lenguaje de un modo especialmente realzado, figurativo o deliberado (factor lingüístico), que no tenga utilidad práctica en el sentido que lo tiene una lista de la compra (factor no pragmático) o que constituya un texto muy valorado (factor normativo). De este modo, cuanto mayor sea el número de estos factores que exhiba un texto concreto, más probable es que en nuestra cultura alguien lo califique de literario. 

Cabe resaltar que ninguna obra literaria tiene que cumplir todos estos criterios. Tampoco la ausencia de alguno basta para considerarla no literaria. En otras palabras, ninguno de estos «parecidos familiares» es condición necesaria y suficiente para que una obra sea considerada Literatura. Sin embargo, es claro que los poemas homéricos y los chistes de salón son prácticas distintas,  independientemente de las propiedades formales que puedan compartir…

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