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Cuarenta años del Nobel

 Pese a lo que continúan pregonando mediocres y envidiosos, el gran daño que Gabo le hizo a la literatura colombiana fue ponerla a jugar por primera vez en las grandes ligas de la literatura universal. Y como la insolente proeza salió de un villorrio polvoriento del Caribe y no de la augusta capital poblada de príncipes letrados, pues resulta imperdonable.

De los días y noches que componen la vida de un escritor, sólo deberían interesar los que consiguen iluminar su obra, aquellos que la hacen inteligible para el lector, que en últimas es más importante que el autor y que la misma obra. Todo lo demás, por más que se quiera hacer pasar como relevante, no es otra cosa que morbo o frivolidad, es decir, ambrosía para las masas. En este sentido, la literatura del Caribe colombiano tiene una variedad de importantes asuntos para abordar este año, como para que todos los reflectores apunten sin pudor al amorío clandestino y con retoño de Gabo y Susana Cato. 

Si de lo que se trata es de hablar de García Márquez, convendría más bien recordar que se cumplen cuarenta años de la obtención del premio Nobel de Literatura. No por el premio en sí mismo, que no deja de ser un reconocimiento caprichoso, sobrevalorado y muchas veces corrupto. Sino porque se le otorgó a un escritor que en 1982 ya llevaba quince años de estar gozando de una inmensa admiración por parte de millones de lectores del mundo entero, así como del reconocimiento de la crítica especializada. Pese a lo que continúan pregonando mediocres y envidiosos, el gran daño que Gabo le hizo a la literatura colombiana fue ponerla a jugar por primera vez en las grandes ligas de la literatura universal. Y como la insolente proeza salió de un villorrio polvoriento del Caribe y no de la augusta capital poblada de príncipes letrados, pues resulta imperdonable.

Se cumplen asimismo cuarenta años de la publicación de La tejedora de coronas, de Germán Espinosa, obra de incuestionable mérito e incomparable belleza de la que muchos no han oído hablar ni siquiera en Cartagena, ciudad natal de un autor a quien los artistas de la injuria local, por vivir en Bogotá, otorgaron el título de «cartacachaco», mientras al otro lado del mar se lo distinguía con la Orden de las Artes y de las Letras de Francia y la Unesco declaraba su novela «obra representativa de las letras humanas».

¿No quieren hablar de las obras del cataquero ni del cartagenero?, no hay ningún problema, hablemos entonces de un barranquillero. Así como el Ministerio de Cultura declaró el 2020 como el Año Manuel Zapata Olivella y el 2021, Año Héctor Rojas Herazo, 2022 debería ser, sin duda, el Año Cepeda Samudio. Me limitaré a señalar tres razones:

Primero, se cumplen cincuenta años de la muerte de Álvaro Cepeda Samudio, uno de los miembros más talentosos —y sin duda el más vanguardista— del mítico Grupo de Barranquilla, acaecida el 12 de octubre de 1972 en el Memorial Hospital de Nueva York; segundo, se cumple medio siglo de la primera edición de Los cuentos de Juana, publicada e ilustrada por su amigo Alejandro Obregón; tercero, se cumplen sesenta años de la publicación en Bogotá de La casa grande, por parte de Ediciones Mito. 

Y así podríamos seguir: sesenta años, por ejemplo, de Respirando el verano, de Héctor Rojas Herazo, sesenta de La mala hora, de Gabo, treinta y cinco de En diciembre llegaban las brisas, de Marvel Moreno, en fin…

Lo único que podría resultar interesante del chisme sobre «la hija secreta de Gabo» es la edad de la joven, 30 años. Ello quiere decir que su nacimiento se produjo justo cuando su laureado padre escribía Del amor y otros demonios, cuya pasional historia protagonizan Sierva —que comparte con Susana la inicial— y su prohibido amante, cuyo significativo nombre es «Cayetano», es decir, el que calla. 

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