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Opinión

Para Dalila y Carmen

El nivel de humillación al que fueron sometidas no se compensa con dinero.

Pocas noticias locales han causado tanto rechazo como la golpiza propiciada a la pediatra y a su trabajadora del servicio doméstico en el edificio La Ría.

En una reciente entrevista a esta casa editorial, el abogado de ambas mujeres explicó que están dispuestas a escuchar a los agresores en la audiencia de conciliación. Esta diligencia debe surtirse pues las lesiones personales son un delito querellable, es decir, que sólo puede ser denunciado por la víctima.

Entiendo que al conciliar se obtenga una indemnización de tipo económico por lo daños sufridos, como el pago de las incapacidades médicas o los ingresos dejados de percibir.  También comprendo que este mecanismo evita un largo proceso judicial en el que no hay certeza si habrá condena, o si esta constituya una reparación.

Sin embargo, ante unos hechos tan violentos como los ocurridos, mi llamado a Dalila y a Carmen es a no reducir el acuerdo conciliatorio a una mera indemnización, pues el nivel de humillación al que fueron sometidas no se compensa con dinero.

Esta es una gran oportunidad para acudir a otro tipo de sanciones sociales o pedagógicas de gran impacto, ampliamente documentadas en la literatura especializada y poco utilizadas en Colombia.

Su caso es perfecto para ejemplificar lo difícil que es lograr una condena por actos de violencia basada en el género, que fue lo sucedido en el edificio La Ría, pero que algunos operadores judiciales suelen no identificar.  Se trata de un tipo de violencia especial, de la que no son víctimas los hombres.

Es conocida como “violencia por prejuicio jerárquica” a través de la cual, se le recuerda a la población femenina su rol en la sociedad en términos de comportamiento. Constituye una forma clara de discriminación porque, la violencia se motiva en el hecho de ser mujer, o de no actuar como la mujer que debería ser.

Basta con observar en los videos la forma irrespetuosa como uno de los hombres se le acerca a la pediatra, demostrando que, para él ese acto de valentía no le esta permitido a una mujer. Básicamente le está diciendo “tu quien te crees”.

Y es que, imaginemos el mismo contexto, es decir, fiestas recurrentes en ese apartamento que perturbaban a los vecinos, pero esta vez, supongamos que quien llamó a la puerta de los agresores para pedir que acabaran la celebración era un hombre. ¿Será que el desenlace hubiera sido el mismo?, sospecho que no, la sola diferencia física entre las víctimas y los agresores es abrumadora.

Lo injusto es que Dalila sólo reivindicaba su derecho al descanso y a que se respetaran unas normas mínimas de convivencia. Sin embargo, obtuvo como respuesta una cruel agresión ¿Por qué? a mi juicio, porque para este tipo de hombres, confrontar no encaja dentro del rol tradicional asignado a la mujer, esto es, cuidadora, femenina, sumisa, calmada pero, sobre todo callada.

El propio agresor en un video en el que dice estar avergonzado afirmó: “quisiera que lo ocurrido sirva de ejemplo para que no vuelva a pasar este caso tan feo”.  Dudo mucho que estos actos se terminen si como sociedad seguimos tolerando que no les pase nada.

No me queda claro, si una compensación estrictamente pecuniaria o una pena privativa de la libertad logren reparar un acto violento de esta dimensión. Desde luego, creo que no contribuyen a erradicar la discriminación histórica que este tipo de violencia demuestra. Es momento que jueces y fiscales invoquen su empatía, abran su campo de protección y apliquen otras formas de resarcimiento.

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