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Un mundo invivible

Quien piense que “quien nada debe, nada teme”, se equivoca: un mundo así sería un mundo invivible. Todos, sin excepción, en algún momento hemos hecho algún comentario sobre alguien, incluso sobre alguien muy cercano, querido y respetado, que podría malinterpretarse si se tomase fuera de contexto.

Jon Gruden, entrenador de los Raiders de Las Vegas —un equipo de fútbol americano—, renunció esta semana por un escándalo relacionado con afirmaciones racistas, misóginas, y homofóbicas. Los motivos de la renuncia ya no resultan excepcionales, dado que hace algún tiempo buena parte de la sociedad occidental ha incrementado sus reclamos ante este tipo de comportamientos, procurando llamar la atención sobre el respeto que nos merecen nuestros semejantes, sea cual sea su raza, género, o sus preferencias personales. Eso, en principio, es una cosa muy buena, un cambio de tendencia que nos debería ayudar a convivir mejor y a ofrecer oportunidades más igualitarias para todos, propiciando un entorno en el que la tolerancia y la aceptación de las diferencias se entiendan como normativas, y que se den de forma natural. Al menos en Europa, Norteamérica y otro puñado de países, porque por ahora eso no está pasando con tanta fuerza, o no pasa de ninguna manera, en la mayoría de lugares del mundo. 

Lo malo, y siempre hay algo malo, es que en ocasiones sobre estos asuntos se desata una especie de cacería de brujas que escarba en el pasado de cualquier persona para encontrar un desliz, alguna falla, y agarrarse de ese error para minarla. Las acusaciones contra Gruden nacen de unos correos electrónicos que escribió hace diez años a un pequeño grupo de amigos o conocidos, no fueron expresados en público y no se relacionan con alguna actuación suya que concuerde con esos censurables comentarios. Y sin embargo, tuvo que renunciar.

Conviene pensar en las implicaciones que tendría un mundo de extrema transparencia, sin barreras, en el que no se establezcan las imprescindibles diferencias y matices entre el ámbito personal y el público, entre lo que se dice y lo que se hace, entre el cumplimiento del deber y las posiciones individuales. Cualquier persona puede decir lo que quiera en su casa, a sus amigos, y no ser juzgada por eso. Quien piense que “quien nada debe, nada teme”, se equivoca: un mundo así sería un mundo invivible. Todos, sin excepción, en algún momento hemos hecho algún comentario sobre alguien, incluso sobre alguien muy cercano, querido y respetado, que podría malinterpretarse si se tomase fuera de contexto. Todos hemos contado un mal chiste, todos hemos tenido opiniones que revisamos, todos nos hemos arrepentido de alguna cosa, todos hemos criticado con furia. Eso es la naturaleza humana, el diálogo, la ironía, el sarcasmo, los errores; eso nos hace lo que somos.

Suponer que las personas deben ser absolutamente íntegras e inmaculadas es una falacia. Desear eso, humanos perfectos, es un concepto que coquetea con el totalitarismo, una invitación a la Policía del Pensamiento de Orwell, la materia prima de las distopías más espantosas. 

Protejamos nuestra privacidad, evitemos los juicios generales, entendamos los matices. Valoremos más lo que se hace y menos lo que se dice. Sin la posibilidad del secreto, de la confidencia cercana, no es posible que una sociedad libre funcione. Ya es extraño que haya mencionado a Orwell en las últimas dos columnas, es un síntoma preocupante, una mala señal. Ojalá no sea una premonición de los tiempos por venir.

moreno.slagter@yahoo.com

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