El Heraldo
Opinión

Pegasus y la privacidad

Las tecnologías de espionaje seguirán perfeccionándose y no veo ninguna posibilidad que le permita protegerse al ciudadano común y corriente.

La noticia no parece tener demasiado despliegue, más allá de la divulgación que ofrece el poderoso consorcio de medios encargado de promocionarla, que incluye a The Guardian y a The Washington Post. Se trata de un reporte sobre el grupo NSO, una compañía que produce y vende avanzadas tecnologías de espionaje cibernético a instituciones gubernamentales. En su contenido se advierte sobre el software Pegasus, de extraordinario poder y sofisticación, que permite intervenir cualquier celular sin que sea necesario que la víctima tenga que hacer clic ni visitar alguna página, o interactuar de alguna manera. Una vez instalado, Pegasus domina el aparato y puede leer mensajes, escuchar conversaciones, ver correos, prender la cámara o el micrófono; todo esto sin que el usuario se entere, o tan siquiera lo sospeche. No es una advertencia especialmente nueva, se viene hablando de NSO desde el 2016, pero en todo caso vuelve a llamar la atención sobre uno de los bienes más preciados y amenazados de esta era tan interconectada: la privacidad.

Hay revuelo porque se supone que Pegasus ha intervenido miles de teléfonos, entre los cuales destacan varios políticos y activistas de más de treinta países. Como decían en las películas, es un gran poder que puede causar mucho daño si cae en las manos equivocadas. Y como suele pasar, seguramente terminará en las manos equivocadas. Por eso, es tan importante resaltar la gravedad de este asunto aunque ninguno de nosotros pueda realmente hacer algo, salvo prevenciones arcaicas que de todas maneras son insuficientes y quizá inútiles. Ni siquiera abandonar el celular y volver a 1980, algo de todas maneras insensato, nos podría poner a salvo; hoy por hoy siempre tenemos un celular cerca, querámoslo o no.

Subestimamos la privacidad. No me refiero a lo obvio, al cuidado que se le pide a los Gobiernos para proteger información vital o sensible, o al recelo necesario que implementan algunas organizaciones privadas para el resguardo de sus decisiones fundamentales. Me refiero al entorno personal, a aquellas cosas que hacemos o decimos cotidianamente, que creemos que carecen de relevancia, pero que de conocerse podrían producir grandes problemas. La expresión «quien nada debe, nada teme» no puede darse por hecho, creo que ante un escenario de exposición permanente, todos debemos temer.

Imagínense que todas nuestras conversaciones, en persona o por teléfono, formales o no, pudiesen quedar grabadas, o que siempre tuviésemos encima una cámara con la facultad de registrar lo que sucede tras las puertas cerradas. Creo que sería el fin de la civilización tal y como la conocemos. No exagero. El secreto es necesario y permite la convivencia, no todo se debe saber, no todas las opiniones deben ser públicas, no todos los chistes se deben oír.

El panorama no es muy alentador. Las tecnologías de espionaje seguirán perfeccionándose y no veo ninguna posibilidad que le permita protegerse al ciudadano común y corriente. Noticias como las de Pegasus se repetirán en el futuro inmediato. Habrá que aprender a vivir sin privacidad, y que Dios nos coja confesados.

moreno.slagter@yahoo.com

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