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El octogenario

Paul McCartney visitó nuestro país en el 2012, en medio de la gira On The Run. Dejar pasar esa oportunidad es una de las cosas de las que me arrepentiré toda la vida; ya ni siquiera recuerdo qué mínima tontería me impidió hacer el esfuerzo por verlo en vivo. Años más tarde tuve un intento prometedor, que se desvaneció cuando sin mayores explicaciones cancelaron su concierto en Medellín en el 2017. Todavía guardo alguna esperanza.

El pasado fin de semana, mientras el país estaba absorto en sus disputas electorales, Paul McCartney cumplió ochenta años. Las pocas ocasiones en las que he mencionado algún artista relevante en este espacio, un músico o un escritor, suele ser porque ha fallecido, admitiendo que son momentos propicios para el recuerdo y que ante la noticia es costumbre extenderse en elogios. Sin embargo, el cumpleaños del ex-Beatle, una ocasión feliz por donde se mire, ofrece una buena excusa para valorar un legado que se extiende más allá del alcance del cuarteto de Liverpool.

Cuando los Beatles se separaron, John Lennon se llevó casi toda la atención. Él era el serio, inmerso en extravagancias al lado de su peculiar esposa, apuntalando una sobrevaloración de su aporte al grupo con un gran ejercicio de relaciones públicas. Más comedido, al menos al inicio de la dolorosa ruptura, McCartney fue visto como un divertimento, creando melodías pegajosas, supuestamente sin fondo ni mensaje, lejos de las profundidades del mediático tándem John-Yoko. No le faltaba calidad a ninguno de los dos, por supuesto, y así lo terminó reconociendo la historia. Hoy, cinco décadas después, Paul es querido y admirado en todos los rincones del planeta y nadie le disputa su incontestable talento (tampoco a Lennon, miserablemente asesinado en 1980; a Harrison, fallecido hace veinte años; ni a Ringo, siempre subestimado). 

McCartney arrastra consigo un halo poco usual en el mundo del rock, logrando combinar, en palabras de Dorian Lynskey, genialidad y decencia. Sus únicos impasses, si se pueden llamar así, fueron algunos problemas derivados de la posesión de marihuana, siendo el más llamativo el que lo llevó a una prisión japonesa por 10 días, en medio de una gira con los Wings. Fue un esposo y padre devoto y dedicado, especialmente durante su relación con Linda Eastman, quien murió víctima del cáncer en 1998. Fueron 29 años de matrimonio, uno de los más longevos de los que se tenga memoria para un artista de su nivel, incluso logrando llevar una vida familiar más o menos normal, dentro de lo que les era posible.

Paul McCartney visitó nuestro país en el 2012, en medio de la gira On The Run. Dejar pasar esa oportunidad es una de las cosas de las que me arrepentiré toda la vida; ya ni siquiera recuerdo qué mínima tontería me impidió hacer el esfuerzo por verlo en vivo. Años más tarde tuve un intento prometedor, que se desvaneció cuando sin mayores explicaciones cancelaron su concierto en Medellín en el 2017. Todavía guardo alguna esperanza.

Hay razones. A finales del año pasado publicó el extraordinario libro The Lyrics, una especie de memoria que recorre buena parte de sus letras y que constituye lo más cercano a una autobiografía que tenemos por ahora. Este sábado, ya con sus ochenta cumplidos, encabezará el cartel del festival de Glastonbury, en el que se espera una presentación de más de dos horas con lo mejor de su música. Manteniendo su vigencia, todo indica que McCartney nos acompañará por un rato más. Que sea entonces un motivo para celebrar su obra y reconfortarse con ella, sobre todo en estos tiempos que lucen inquietantes y con escasos asideros.

moreno.slagter@yahoo.com

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