Columnas de opinión |

Galaxias e inframundos

Sobre las diferentes rutas y destinos de la imaginación.

Animales de tierra, pronto la curiosidad y la voluntad nos llevaron a los humanos a conquistar el agua y el aire (o a reconquistarlos, al menos con toda seguridad la primera). Pero antes de que nuestras habilidades, con la ayuda de diversas técnicas, nos permitieran lograr inmersiones profundas en cada uno de estos tres elementos, soñamos esos prodigios a través de la mitología, la religión y la literatura.

¿Hacia dónde se dirigió primero nuestra viajera y horadante imaginación? ¿Hacia el fondo de la tierra, del agua o del aire? Es difícil establecerlo, al menos ahora para mí. Acaso enrumbó simultáneamente hacia esos tres destinos. Yo supondré aquí que eligió la ruta más próxima, la que nos conducía al fondo de nuestro propio soporte, al fondo de la dura materia que hollábamos. El oscuro subsuelo fue, pues (es una simple conjetura), el destino original de nuestro pensamiento mágico, que lo figuró y caracterizó con lujo de detalles.

Nuestro destino original… y final. Pues concebimos la inmersión en las profundidades de la tierra no como una expedición de ida y vuelta hecha por aventureros vivientes (salvo que fueran dioses o semidioses), sino como el viaje inevitable de los muertos hacia su última y definitiva morada. El espacio subterráneo, el inframundo, no era, por tanto, una posible extensión del ámbito de la vida, sino su “más allá”, su lugar opuesto.

Para los antiguos griegos, cobró la forma y el nombre de Hades; para los antiguos hebreos, la forma y el nombre de Sheol. Tanto el Hades como el Sheol eran en el comienzo lugares indiferenciados adonde iban a parar todos los muertos (o, para ser exactos, sus almas), sin importar cuál había sido su actuación mientras vivieron. Después su geografía fue objeto de un ordenamiento territorial, de modo que se creó una región destinada a los justos y piadosos y otra a los perversos. El Hades, por ejemplo, se dividió en los amenos y verdes Campos Elíseos, morada de los primeros, y en el sombrío y terrible Tártaro, morada de los segundos. La escatología judía siguió un rumbo similar: el Sheol se dividió en el seno de Abraham, plácida estancia para los bienaventurados, y en la contraria Gehena, un lago de fuego que ya era el rudimento del infierno de Dante.

Justamente, la evolución de estas concepciones judías sobre el más allá, al pasar del Antiguo al Nuevo Testamento, nos llevó a uno de los primeros y más pedurables lugares conquistados por la imaginación humana cuando ésta decidió lanzarse al espacio aéreo: el cielo donde residían Dios y los ángeles.

En la literatura, la obra mejor lograda que sintetiza estas dos rutas de la imaginación, la subterránea y la celeste, ofreciéndonos la narración minuciosa de un recorrido completo por ambas, en el orden mencionado, es la Divina Comedia, de Dante. Allí, el viajero es, como se  sabe, un mortal viviente, acompañado parcialmente en su trayecto por un muerto.

Después, con los siglos, la literatura haría maravillosas exploraciones por separado no sólo del fondo de la tierra y del espacio aéreo, sino del agua, esto es, de la forma más vasta y profunda que adquiere el agua en nuestro planeta: el mar.

Pero, ya en el siglo XX, apareció un autor que, si bien no figura en el canon literario (y que quizá nunca lo haga), no carece por ello de una grata legibilidad, y que me interesa traer a colación aquí porque su obra conjuga las más profundas inmersiones imaginables en esos tres dominios –tierra, cielo y mar–, sin necesidad de acudir a paraísos ni infiernos, salvo a veces en sentido figurado.

Me refiero a H. P. Lovecraft, cuyos relatos nos dan noticia de las más remotas e ignotas latitudes del espacio exterior, pero no mediante el viaje de seres humanos a ellas, sino mediante la llegada desde ellas de misteriosas y monstruosas criaturas a nuestro planeta; nos presenta ciudades que, habitadas por esos mismos seres exogalácticos, se hallan sumergidas en los lechos más abismales del océano; y nos hablan, por último, una y otra vez, de agujeros y accesos ocultos que, en los lugares más insospechados, conducen a escaleras, túneles y pasadizos que se internan en la tierra y a través de los cuales diversos personajes se hallan de pronto avanzando en descensos de duración casi infinita.

@JoacoMattosOmar

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