El Heraldo
Opinión

Primero va el hambre

Las necesidades básicas insatisfechas de este mundo tan mal repartido son escandalosamente grandes y afectan por desgracia a millones de seres.

En una de las esquinas con semáforo de Barranquilla, he visto varias veces la escena de un joven que se pone ante los carros señalando con su mano la boca, un gesto obvio para que uno le dé algo, aunque sean monedas, para aplacar el hambre que sin duda está pasando. Como dice el refrán, esa imagen vale más que mil gráficas de estudios con porcentajes sobre el hambre que se padece en el mundo y en el país, acentuada de manera desastrosa por la pandemia que ha empeorado todo.

No pasa un día en que vaya a dormirme sin pensar en los millones de seres humanos que al terminar la jornada se acuestan sin haber tenido con qué para los tres golpes –desayuno, almuerzo y comida–. Muchos, entre quienes me cuento, sentimos que las inequidades sociales son omnipresentes y oprobiosas. Thomas Hobbes, a quien se le atribuye la frase, escribió una vez en latín que “primero está vivir, y luego filosofar”, expresión breve que se explica diciendo que ante todo hay que satisfacer las necesidades físicas como alimentarse, tener salud, dónde vivir, vestirse, la higiene, un lecho para dormir, y después vienen el arte, la literatura, la diversión y el pensamiento. Lo entiendo como el abecé de cualquier sociedad que apunta a lo humano como distintivo inequívoco.

Las necesidades básicas insatisfechas de este mundo tan mal repartido son escandalosamente grandes y afectan por desgracia a millones de seres. Ahora cuando se avecinan las promesas políticas para la conquista del poder el año entrante, tenemos la obligación moral de exigirles a partidos y candidatos que muestren claramente sus cartas para solucionar, o al menos mitigar sustancialmente, el hambre, y castigar sin indulgencia a quienes se roban la comida de los demás por la vía de esas execrables conductas que ya no sabemos ponerles más nombres que el de corrupción, pero sin obtener resultados palpables.

¿Para qué decir que el país ya no resiste el hambre ni la pobreza ni la inseguridad ni las muertes violentas ni las injusticias, si de tanto enumerarlas y repetirlas en todos los escenarios, sin resultados a la vista, se han vuelto una frase de cajón? Todavía en estos días, y después de tantas promesas, leemos en las noticias sobre el retorno a las aulas de clase que en innumerables escuelas y colegios no hay agua potable para los estudiantes.

Y no es porque vayan en segundo lugar que las necesidades del espíritu sean superfluas y prescindibles. Bien dicen los Evangelios que “no sólo de pan vive el hombre”. Efectivamente, no es suficiente tener el estómago lleno si la humanidad no se eleva a un plano superior. La misma educación, comenzando por la más elemental, es sinónimo de una transformación que nos permite hablar de la dignidad de la vida humana, para no quedarnos en el estado primario que nos ha impulsado históricamente a darles rienda suelta a los instintos de guerra y de muerte que brotan cuando reinan la ignorancia, el miedo, las ambiciones, impregnando la política cuando ésta pierde su norte para convertirse en una lucha desesperada por el poder a cualquier precio.

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