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La espada de Bolívar

 Lo verdaderamente significativo fue que cuatro soldados del Batallón Guardia Presidencial llevaron la urna ante la presencia del presidente Petro y a la vista de todos, en una Plaza de Bolívar colmada hasta las banderas.

Los seres humanos nos entendemos mejor con símbolos que con abstracciones. Y la frase no se recoge del suelo sino que viene por evolución, diríamos con Darwin. Creo que fue el filósofo checo Ernst Cassirer quien dijo que somos seres simbólicos, seres que nos expresamos a través de símbolos e imágenes dentro de cada cultura. Y la nuestra sí que está cargada de simbolismos.

Para muestra, el acto de posesión de Gustavo Petro como presidente de la República el pasado domingo. La mayoría de los gestos de la ceremonia de posesión fueron una fiesta de la simbología que llegó a su culmen, con algo de suspenso, cuando el ex militante del grupo guerrillero M-19 ordenó ya como jefe de Estado que trajeran la espada de Bolívar al escenario de la posesión. Hasta ahí la orden había sido la contraria después de que el ex presidente Iván Duque negó el permiso para que la espada del Libertador saliera de la Casa de Nariño según el deseo expreso del que iba a ser presidente apenas unas horas después de la negativa del presidente saliente. La historia de la espada que fue robada y sacada de la urna donde reposaba en la Quinta de Bolívar en enero de 1974 tras una campaña de avisos periodísticos en clave que nadie entendía a qué se referían es bastante conocida. Incluso ya se había olvidado que la espada había permanecido oculta-Panamá, Cuba, la casa del poeta León de Greiff, quién sabe dónde más, poco importa ahora- para ser devuelta al sitio de donde fue sustraída. Lo verdaderamente significativo fue que cuatro soldados del Batallón Guardia Presidencial llevaron la urna ante la presencia del presidente Petro y a la vista de todos, en una Plaza de Bolívar colmada hasta las banderas.

Cada uno tendrá su impresión sobre el hecho. A mi me hizo recordar aquel pasaje de El general en su laberinto cuando García Márquez pone en boca del Libertador las palabras de lo que fue su última voluntad cuando le dice al teniente de caballería que le copiaba su dictado que se restituyera a la viuda del mariscal Sucre la espada de oro con incrustaciones de piedras preciosas que el mariscal le había regalado en Lima. ¿Era la que estábamos viendo en la posesión presidencial la misma que el mariscal Sucre le regaló? Porque se cuenta que la que se exhibe en el Museo de la Casa Quinta de Bolívar en Bogotá junto con otra que está en San Pedro Alejandrino en Santa Marta son réplicas del original cuyo molde en silicona fue destruido. Lo curioso es que García Márquez anota que el General quedó tan agradecido con el soldado copista que le regaló dos pistolas para duelos de amor del general Lorenzo Cárcamo. En 2016 la casa Christie's subastó en Nueva York dos pistolas que Bolívar heredó de un regalo que le mandó el mariscal Lafayette, héroe francés de la independencia de Estados Unidos. ¿Serían las originales?, como en la pregunta sobre la espada de Bolívar. Lo que importa es que el domingo pasado hubo un despliegue de actos simbólicos que al fin de cuentas, más que las palabras, son los que mueven a la gente cómo lo sabe de sobra el presidente Gustavo Petro.

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