El nuevo año empieza con malos presagios en lo que se refiere al calentamiento global. Los pronósticos sobre el fin del mundo están produciendo crisis nerviosas globales. Así lo reveló una noticia en la que alguien en alguna parte de los Estados Unidos había instalado un consultorio callejero para escuchar y aconsejar gratis a aquellas personas con síntomas de ansiedad producidos por todo lo que se está diciendo sobre catástrofes que vendrán muy pronto, o por tarde en 2050. El Apocalipsis ya está aquí.
Me cae bien la sueca Greta Thunberg. Impresionan sus argumentos, expresados en un tono inusual para una joven de su edad, sobre la tragedia del calentamiento global. Pronunció un discurso en la ONU, del que ha quedado la frase tan comentada: “¿Cómo se atrevieron?”, regaño directo a los representantes de la Naciones, pero que nos han trasladado sus seguidores, – o sus fanáticos, hay que decirlo–, por el hecho de que nacimos antes que los jóvenes de hoy. Hacemos parte, como en una novela de Dostoievski, de los culpables del deterioro de la tierra que habitamos. ¡Por favor!
Siguiendo esa lógica, –si es que la hay–, hace millones de años el hombre de las cavernas habría empezado a destruir la tierra cuando buscaba leña con qué calentarse frente a las bajas temperaturas de la tierra, y asar un venado para alimentarse en medio de las hambrunas. Si se hubiera dejado morir, se habría acabado el problema. Los romanos, miles de siglos más tarde, serían solamente otros depredadores cuando delimitaban un lugar para acampar, en las selvas del norte europeo, con el fin de dormir y comer para subsistir, ignorando que estaban haciendo un daño, en lugar de un aporte a la civilización occidental, es decir, construyendo el embrión de las urbanizaciones en las que ahora vivimos.
Podríamos seguir así con el cuento de la historia. Creo que su lectura depende del punto de vista que se adopte. Se verá únicamente como una carrera hacia la destrucción de la humanidad, como un suicidio colectivo, o como un progreso, azaroso y difícil, hacia mayor cultura y civilización humanas. Siguiendo esa senda, más positiva, podríamos apreciar los muchísimos logros de la ciencia, como fue el invento de la penicilina, por mencionar apenas uno, que ha salvado millones de vidas, entre ellas las nuestras, y salvará las de nuestros jóvenes de ahora y del futuro. Reconocer el progreso de la civilización no implica desconocer sus desvaríos como han sido las guerras y la explotación despiadada e irresponsable de los recursos naturales para traernos a este estado de contaminación y crisis climática. Lástima que no se difunda, como debe ser, el lado creativo de la civilización. Pero esa es la otra parte del discurso de Greta Thunberg, quien pide “escuchar a la ciencia”, que tiene los conocimientos para afrontar el problema climático. Hace más ruido protestar con pancartas que investigar científicamente. Solo que de la ciencia depende un mejor futuro para la humanidad.








