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Pereza

En palabras suyas, “el descanso no debería ser un lujo; nuestro tiempo nos pertenece y no es una mercancía. Recuperar nuestro tiempo es un acto de soberanía sobre nuestras vidas, merecido por todos”.

La moral cristiana considera a la pereza como uno de los siete pecados capitales. Al clasificarla en ese grupo se asumió que, como seres humanos, estamos inclinados a pecar con ella y que por hacerlo, podemos caer en otros vicios o conductas pecaminosas. En la Biblia las referencias que se hacen a la pereza dejan claro que ella no tiene lugar en la vida de un cristiano.

La esclavitud en América encontraba cierta justificación teológica en el hecho de que los trabajadores altamente productivos evitaban condenarse al protegerse contra la pereza.

Las definiciones actuales de este “pecado” van desde la falta de ganas de hacer cosas, entre ellas, trabajar, hasta la lentitud con la que se realizan algunos movimientos; sin embargo, históricamente en nuestra cultura, cuando se llama a alguien perezoso se le está rotulando como poco productivo, como incapaz de hacer lo que le toca y como una persona que se aprovecha de los demás cargándolos con sus deberes.

Recuerdo haber escuchado muchas veces, en muy diferentes contextos, la siguiente frase: “el que perecea desperdicia tiempo y con ello su vida”. En palabras sencillas, perecear es, para algunos, como morir un poco. También con alguna frecuencia, algunos despectivamente relacionan ciertas etnias y minorías con la pereza, usando sentencias como: “perezosos son los pobres, gordos y enfermos”. Curiosamente, nunca  se habla de  millonarios perezosos, así el único mérito que hayan hecho para serlo, sea el de heredar su fortuna.

Con el contexto religioso y cultural anteriormente expuesto es casi imposible en nuestro tiempo disfrutar de “hacer pereza” sin sentir culpa por pecar o infringir el deber ser social.

A pesar de que había leído algunas publicaciones especializadas que muestran los beneficios para la salud y la creatividad de ocasionalmente perecear (Bill Gates en algún momento declaró que prefería escoger empleados perezosos para los trabajos difíciles, pues con mucha mayor frecuencia encontraban una forma fácil de hacerlos), me sorprendió gratamente la defensa que hizo de este “pecado” el rabino Elliot Kukla, en un reciente ensayo publicado en el New York Times.

El autor, quien declara estar diagnosticado con una enfermedad autoinmune que le produce fatiga crónica, narra cómo luchó durante mucho tiempo contra sus límites físicos para evitar ser rotulado como perezoso. A pesar de lo correcto que en esos momentos le parecía su actitud, hoy quiere que su hijo aprenda a serlo. 

Dentro de las motivaciones para desear lo anterior, Kukla cita la necesidad apremiante de privilegiar, por nuestra salud y la del planeta, los espacios de ocio cara a cara con nuestros semejantes sobre las largas jornadas solitarias de trabajo. Nos invita también el ensayista a desacelerar nuestro ritmo, a disfrutar de actividades puntuales como la compañía de un viejo amigo, el aroma de un buen café o la caricia de una suave brisa, sin un fin diferente a permitir el paso tranquilo del tiempo.

En palabras suyas, “el descanso no debería ser un lujo; nuestro tiempo nos pertenece y no es una mercancía. Recuperar nuestro tiempo es un acto de soberanía sobre nuestras vidas, merecido por todos”.

Después de casi dos años de trabajo continuó afrontando esta cruel pandemia, creo que muchos debemos seguir sin dudas los consejos del rabino, aprovechando que en la lista de los acostumbrados “pecados” anuales se nos va a generar un espacio por la celebración atípica de los carnavales. La invitación entonces es a “pecar” pereceando cada vez que nos sea posible hacerlo.

@hmbaquero

 

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