Columnas de opinión |

Nobel y sabios

El oxígeno constituye una parte importante de nuestra atmósfera y es indispensable para sostener la vida en el planeta.

Los primeros experimentos descritos que citan al oxígeno, sin reconocerlo como tal, se realizaron en la antigua Grecia, en el segundo siglo antes de Cristo. A partir de entonces muchos investigadores en la historia de la humanidad, incluyendo entre ellos a Leonardo da Vinci, se ocuparon del gas del aire que se consumía durante la combustión y la respiración. Sin embargo, fue solo a finales del siglo XVIII cuando el químico francés Antoine Lavoisier llamó por primera vez a ese “gas esencial” como oxígeno, el cual, un siglo antes de recibir su nombre ya se había logrado producir en condiciones experimentales en algunos laboratorios de la época.

El oxígeno es el medicamento más usado en la terapia médica hospitalaria, por eso tal vez es uno de los elementos de la tabla periódica mejor estudiados en salud. Cuando está indicado y en las concentraciones correctas ayuda a tratar muchas condiciones graves. En exceso puede producir daños, algunos completamente probados, especialmente en los recién nacidos prematuros. Otros efectos no deseados aún están en investigación, como el aumento en la frecuencia de infecciones en pacientes después de cirugías o la aparición de ciertos tipos de tumores.

Después de siglos de investigación básica realizada por muchos investigadores de diferentes épocas, sin que muchos de ellos tuviesen clara la aplicabilidad de sus trabajos (hecho que en términos de una funcionaria colombiana de alto rango hubiese sido catalogado como vanidad), dos investigadores norteamericanos y uno británico recibieron este año el premio Nobel de Medicina por sus aportes a la ciencia en el campo concreto de descifrar, por fin, cómo las células se adaptan a las concentraciones cambiantes de oxígeno y de qué manera esto incide en la gran mayoría de actividades y procesos que suceden en nuestro organismo.

Los trabajos de investigación premiados aún no contribuyen a la vida digna (sea lo que esto signifique para la coordinación de la misión de sabios Colombianos), pero aportan mucho al conocimiento para que en un futuro, ojalá cercano, se pueda traducir en intervenciones clínicas que ayuden a tratar y ojalá prevenir condiciones patológicas en los seres humanos.

Supeditar la agenda de investigación de un país a la innovación y competitividad puede llevarnos a sacrificar la investigación básica, lo cual en términos de expertos limitará las posibilidades de éxito en el proceso de inserción internacional de nuestras comunidades científicas. Muchos de los grandes adelantos tecnológicos en salud se han logrado después de muchos años de iterar con fragmentos de ideas obtenidas en investigaciones básicas realizadas por investigadores a quienes sólo motivó su curiosidad.

Los que enseñan a innovar enfatizan en que un “excesivo orden” y poca libertad en la formación y en el trabajo de investigadores funciona como un arma de instrucción masiva que destruye de manera efectiva la anhelada competitividad.

hmbaquero@gmail.com

@hmbaquero

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