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Opinión

Imaginar el síntoma

No estoy al borde de un burnout todavía, pero sí declaro que trabajamos en un estado de estrés físico y emocional muy fuerte que exige del médico una concentración del 200% en cada consulta.

La telemedicina me ha resultado una experiencia interesante aunque en extremo agotadora, no es nada fácil pasar cerca de 8 horas frente a la caja negra resolviendo jeroglíficos ininteligibles que aparecen en su pantalla, en los que ponen varias escogencias para llenar las historias clínicas y termina uno enredado en un espacio virtual difícil de entender y que quita mucho tiempo en la consulta.

Sé que hay colegas que son unos verdaderos expertos en la tecnología contemporánea, pero no representan la mayoría, el gran resto nos vemos en calzas prietas para resolver problemas que no tienen que ver con la medicina pero hacen parte de la contemporaneidad del acto médico, como es el hecho de atender por teleconsulta o por videollamada. Yo estoy en el extremo de los que se niegan a este acto médico, pero debo asumirlo porque es una realidad. Mi negación no es una pataleta, es que la esencia del primer acto dentro de lo médico es escuchar la narración de los síntomas y observar al paciente. Es un momento mágico en el que uno explora con la mirada la actitud general del paciente y va acomodando cada palabra del narrador en el cuerpo del sujeto de estudio.

La única forma de evitar que esa magia se pierda es imaginar el síntoma haciendo uso de la mayor capacidad de entendimiento para descifrar lo que quiere decir el informante, aun por encima de que sea un mal historiador, en el sentido de no saber explicar lo que pasa con el enfermo. A esto hay que agregarle un componente socioeconómico que no se nota en la consulta presencial, la pobreza que lleva a la no tenencia de la tecnología y, por tanto, a pedir favores en el vecindario con el fin de tener acceso a un teléfono para recibir la consulta; como me ha sucedido en repetidas ocasiones en las que recibe la llamada una vecina que dio su número de teléfono y luego, en un acto bacano, atraviesa la calle y le lleva su celular a la vecina para que atienda la consulta. Más allá del gesto solidario está lo que representa en tiempo para el médico, es una demora en el desarrollo de la consulta.

Por tanto, ni siquiera se puede aspirar a una videollamada, que soluciona muchísimos problemas en la consulta, así que cuando llamo, clavo la mirada en el techo, la pared o el piso del consultorio y me imagino una pantalla en la que voy acomodando al personaje y su entorno, al mismo tiempo que pongo subtítulos para traducir: imperatividá es hiperactividad; jipato es ictericia neonatal, buli es matoneo, tea puede ser terapia ocupacional o trastorno del espectro autista. Luego escribir todo eso de manera coherente para que lo entienda el próximo que lea esa historia clínica y le quede claro el diagnóstico y el tratamiento.

No estoy al borde de un burnout todavía, pero sí declaro que trabajamos en un estado de estrés físico y emocional muy fuerte que exige del médico una concentración del 200% en cada consulta.

haroldomartinez@hotmail.com

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