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Opinión

Un bololó llamado Colombia

Duele decirlo porque aun viviendo en otro continente no puedo desconectarme de mi útero existencial, mi amado país que en términos reales traduce mi gente, mi familia, mis emociones, mi esperanza, mi paisaje, mi historia, ese país que se juega todos los días la vida, escapando de atracos diarios y sobreviviendo a miedos, merece de una vez por todas dejar de ser un bololó para ser un territorio en Bien-Estar.

Bololó en una palabra de uso especial en contextos del Caribe donde tuve el honor de nacer. “Se armó tremendo bololó” era muy usual escuchar dicha frase, para cosas caóticas, parranderas o de las cotidianidades particulares de la tierra del realismo mágico donde la realidad casi siempre supera la ficción.

Semana tras semana, se generan situaciones en Colombia que definitivamente nos hacen el país más (resilientemente) “feliz” del planeta. Y esto comienza así, piden que no voten por un “tamal o 50 mil pesos”, sino que piensen su voto más allá de lo visceral, en un país donde la mayoría vive en pobreza extrema y muy pocos concentran la riqueza, es casi un pecado pedir voto racional cuando el hambre impide cualquier raciocinio y con esto no quiero justificar la venta del voto, pero sí recordar que las necesidades básicas insatisfechas no son juego, es pagar diariamente el costo de sobrevivir. La paradoja de algunos de esperar la paz cuando solo ejercen violencias en sus acciones cotidianas, que Poncho Zuleta acosó a Karen, que a él le parece normal hacerlo y luego salir con un performance discursivo (machista) acompañado de unas flores (que para nada eran necesarias), afirmando que cuando piensa en la mujer recuerda a su madre (Carmen Díaz), la pregunta es: ¿Qué tal que pensara de manera sexista y no maternal como lo refiere? Ya es hora de que el desborde de machismo tenga su límite, realmente lo que Poncho debió salir a pedir era ayuda urgente para ver si comienza a vivir sin la carga esclavizante del patriarcado.

Que apuntan a Francia con una luz en pleno discurso público y que fue exagerado pensar que era algo malo, lastimosamente en un país donde la violencia se ha escrito con mayúscula asustarse por eso no es exagerado, alertar el esquema de seguridad no es un acto de paranoia, es cruda realidad que nos estremece y hace que aún no logremos vivir – sabrosito - como merecemos y tenemos derecho.

Que le dejan de hablar a un familiar o amigo porque no votará por el mismo candidato, que se dicen antirracistas, pero aún emplean narrativas como: “ trabajo como negro para vivir como blanco”; se declaran no homofóbicos, pero que sean gays todos menos su hijo; son incluyentes, pero solo consideran a quienes piensan igual; eso de respetar las diferencias no es lo que practican, se venden como defensores de derechos humanos, pero polarizan todo, a quien desea votar por Fico le llaman “paraco” y al que refiere la intención de votar por Petro le llaman “guerrillero” y así podría exponer muchos ejemplos. Estamos en un mundo donde las acciones que vulneran los derechos humanos se normalizan y se pretenden posicionar como “cultura o costumbres”. El mundo está al revés y parece que como humanidad nos está quedando grande ponerlo en otra dirección, tejer nuevas realidades donde ser mujer, población Lgbtiq, discapacitado, negro, indígena y ateo, etc, no sea una condición de alto riesgo y existir no se vuelva un milagro de “sobrevivencia”, sino una garantía de los derechos y viajes al ser y un poco de –stop– al hacer por hacer, al producir como locos, al estar sometidos a la esclavitud de un capitalismo que nos cosifica y desdibuja de lo esencial para estar concentrados en acumular, gastar, producir y considerar que por encima de la salud y del cuidado ambiental y la homeostasis está la obtención de riquezas desbordadas, que a veces cuando se logra llega un cáncer o un infarto y mata el cuerpo que por años abusó de su capacidad de soportar y en lugar de vivir, se concentró en capitalizar sin un cuidado integral del sí mismo y del entorno.

Un bololó llamado Colombia, duele decirlo porque aun viviendo en otro continente no puedo desconectarme de mi útero existencial, mi amado país que en términos reales traduce mi gente, mi familia, mis emociones, mi esperanza, mi paisaje, mi historia, ese país que se juega todos los días la vida, escapando de atracos diarios y sobreviviendo a miedos, merece de una vez por todas dejar de ser un bololó para ser un territorio en Bien-Estar.

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