Hoy es día electoral, hoy elegimos al futuro líder de nuestra imperfecta república, a pesar de haber confundido durante el debate presidencial las candidaturas con las barras bravas. Muchos no se han percatado que la democracia no se gobierna sino que se cogobierna, y que si uno pierde el certamen, la oposición es una valerosa opción que engrandece al Estado.
Es irónico observar que entre más debaten los bandos ideológicos, más insisten sus respectivos miembros en las diferencias, alargando así los “ismos”. De ahí la sensación que durante esta campaña la gente se haya refugiado en los polos. Justamente, Freud se refería a eso cuando hablaba de las psicología de masas: el objetivo de estas es suprimir al individuo quitándole su personalidad; el individuo sólo respira si vive en el seno de aquellas. Asimismo, se engrandece al que pertenece al grupo ideológico y se le recompensa con compañerismo, pero se castiga y excluye al que está por fuera y piensa diferente. Este es el nivel de terquedad social que tenemos que evitar porque es el alimentador de los extremos.
De acuerdo con lo anterior, me he preguntado muchas veces durante estas épocas electorales si he gozado de suficiente libertad mental para ir más allá de mis preconcepciones y opiniones preestablecidas. Lo digo en cuanto a si hubiese podido ser tan ideológicamente libre como para tener la facultad de modificar mi voto por un candidato que no fuese de antemano el de mi predilección. No estaría mal, de vez en cuando, tener esa habilidad de cuestionarse desde un estado puro, sin contaminaciones, prejuzgamientos o sesgadas batallas ideológicas. Un poco como si reiniciáramos nuestra mente, así cómo ‘reseteamos’ un computador, para volver a pensar las cosas desde una plena independencia para elegir mejor. No es solamente tener la madurez para dejarse convencer por el peso de los argumentos del otro, es ir más allá y valorar las cosas desde un estado fetal. El objetivo sería el de pensar sin ataduras y comparar -en un después- si llegaríamos a las mismas conclusiones.
Esto lo digo porque mi miedo siempre ha sido el de parar de cuestionarme, el de sólo ver una perspectiva y nunca ponerme en los zapatos del otro. Quedarme en mi zona de confort y dejar de volver a valorarlo todo, ¿no sería al fin y al cabo renunciar a pensar? Repetía Rodin que cuando todos pensamos igual nadie piensa mucho y ya conocemos las consecuencias cartesianas de este fenómeno: si no pienso, no soy (cogito ergo sum).
Ojalá todos en Colombia pensáramos como Kant que sostenía que es sabio el que puede cambiar de opinión y es necio el que nunca. Nuestro problema aquí es que hay mucho necio y obviamente me incluyo porque, a pesar de haber escrito lo anterior y haber hecho todo el trabajo intelectual de volver a analizar los elementos desde un estado inicial de imparcialidad, llego a la misma conclusión: cómo no votar por la renovación y el salto generacional.
@QuinteroOlmos








