Cuando Stephen Hawking escribió que “dado que existe una ley como la de la gravedad, el universo puede crearse y se crea a partir de la nada. No es necesario invocar a Dios como el origen”, el científico repetía la expresión de Laplace cuando le respondió a Napoleón, que quería saber si en la formación del sistema solar estaba Dios: “yo no necesito a Dios”.

Y tenía razón, el conocimiento científico del universo no incluye en sus fórmulas el factor Dios. Newton, quien tres siglos antes había precedido a Hawking en su cátedra de Cambridge, había dado con la clave en el sistema del mundo, había resumido sus leyes en fórmulas matemáticas, no había soportado en Dios sus argumentos en ningún momento; sin embargo, fue el hallazgo de sus manuscritos a mediados del siglo pasado, el que reveló su visión sobre la interacción entre ciencia y religión.

Bien podría imaginarse hoy el intercambio de ideas entre Newton y Hawking, cuando este ha traspuesto las fronteras de la vida temporal con la eternidad. En un hipotético diálogo Hawking le escucharía decir a su predecesor que las investigaciones de Dios y de la naturaleza no se oponen, más bien se complementan y unen. Recordaría el viejo científico que “si los hombres y los animales han sido hechos por una mezcla fortuita de átomos, habría partes inútiles en ellos. El azar, agregaría, no garantiza el orden ni la simetría en la estructura de los seres vivos”. Recordaría Newton la pregunta que se lee en sus cartas manuscritas recién descubiertas: “¿De dónde surge esta uniformidad sino del diseño y la disposición de su autor”.

Newton y Hawking habían dedicado su vida y su talento a entender el universo. Para Newton el movimiento de los seis planetas que giran alrededor del sol, con una regularidad que no se debe a causa mecánicas, “solo puede tener origen en la inteligencia de un ente inteligente y potente”, leyeron en 1972 los descubridores de los manuscritos del científico para quien era claro que establecer las leyes de los movimientos de los astros suponía “comparar al tiempo las cantidades de materia el sol y los planetas; los poderes gravitacionales que resultan de ellos; las distancias de los planetas del sol y de los planetas secundarios; las velocidades con que estos planetas pueden girar alrededor de aquellas cantidades de materia; comparar y ajustar todas estas cosas a la vez”.

Le daría la razón en el siglo XX Einstein al destacar la existencia de “una religiosidad cósmica que resulta del profundo sentimiento de admiración por la asombrosa armonía de las leyes que gobiernan la naturaleza”. Explicó el científico que comprobaciones como esa lo hacían “profundamente religioso”.

Contra lo que puede pensarse, para Hawking el factor Dios era más serio de lo que suponen los lugares comunes de la información periodística. Admitía el aplaudido científico que su teoría del universo era “incompleta”, si descubriéramos una teoría completa sería el triunfo final porque así “conoceríamos la mente de Dios”. Así como creía en la posibilidad de vida en otros planetas, su examen obsesivo del universo lo había convencido de que más allá de sus fórmulas matemáticas y como la gran explicación está “la mente de Dios”. Había un dios en la mente de Hawking.