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El asesinato de Freya

La morsa con nombre de diosa pasó del estrellato al sacrificio. De igual forma que algunos humanos llegan a la cumbre de la popularidad, se elevan hasta la estratosfera y de ahí se desploman directo a la muerte. Así fue el ocaso de la morsa que irónicamente fue llamada como la diosa nórdica de la fertilidad, y que se hizo viral por dormir y tomar el sol inofensivamente en botes atracados en los puertos de la capital noruega. 

Por “salvaje” la sacrificaron. Por ser “una amenaza continua para la vida humana” la mataron. Por haberse convertido en una estrella del verano boreal noruego su luz fue apagada. Después de varios años de cohabitar tranquilamente con barcos y navegantes de la Europa Septentrional, a Freya le fue negado el derecho a vivir. Da vergüenza saber que la culpa de su injusta desaparición no la tuvo ella ni el entorno natural que hasta hace pocos días le perteneció. La morsa de 600 kilos que llamó la atención de cientos de curiosos en el fiordo de Oslo hasta escalar a la fama en redes sociales ya no existe. La razón: no era ella la salvaje, los salvajes son otros. 

La morsa con nombre de diosa pasó del estrellato al sacrificio. De igual forma que algunos humanos llegan a la cumbre de la popularidad, se elevan hasta la estratosfera y de ahí se desploman directo a la muerte. Así fue el ocaso de la morsa que irónicamente fue llamada como la diosa nórdica de la fertilidad, y que se hizo viral por dormir y tomar el sol inofensivamente en botes atracados en los puertos de la capital noruega. A Freya, un animal extraordinario de largos colmillos y bigotes grisáceos, la asesinó la soberbia propia de los únicos animales que con ese sentimiento saben hacer daño: los humanos. ¿Se puede asesinar a un animal?, me pregunto desde que empecé a escribir esta columna.   

«Diccionario en mano, no. Sin embargo, ciertos animales dignos de protección o de aprecio despiertan en las personas una empatía que justifica la metáfora del asesinato», dice en su columna Elefante asesinado Álex Grijelmo, subdirector del diario El País (España) y miembro de la Academia Colombiana de la Lengua. Por milenios, los humanos hemos sido los únicos animales empecinados en destruir mientras “construimos”. Según Grijelmo, «el verbo ‘asesinar’ y el sustantivo ‘asesinos’ personifican a las víctimas animales, nos las acercan psicológicamente al presentarlas como seres vivos igual que nosotros». Me pregunto ahora ¿cuánta empatía será necesaria en el mundo para que nos convenzamos de que todo ser vivo merece vivir?  

Qué equivocado está todo el que piensa que es válido eliminar indolentemente a otros seres sintientes solo porque no forman parte de la especie humana. Es tan erróneo como creer que expulsar violentamente a un animal de su hábitat está bien, simplemente porque el salvajismo humano así lo dicta. ¿Será porque la ley de supervivencia les llama a despojar a otros de lo que por naturaleza les pertenece? Según Darwin en su teoría de la evolución de las especies, el individuo mejor adaptado es el que sobrevive. Si mi vida dependiera de matar animales de forma indiscriminada por dondequiera que yo fuera, preferiría ser yo quien muriera.

En este mundo que llamamos “cruel” no hay nada más cruel que nosotros. Freya fue sacrificada el pasado domingo porque, según las autoridades noruegas, había mostrado signos de estrés ante la imprudencia de los espectadores que se acercaban a hacerle fotos y videos. Al final, Freya fue asesinada para evitar que atacara a la gente que la atacaba a ella. De paradojas está llena la vida. De paradojas está llena la muerte. 

@cataredacta

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