El Heraldo
Opinión

Baños para el público

Necesitamos que estas fallas urbanísticas de cultura general vayan cambiando. Ya somos casi una metrópoli, tenemos muchos visitantes. Parques, oficinas públicas y privadas que atienden público, bancos y entidades financieras, iglesias de todas las tendencias, lugares de concentración cultural o deportivas como canchas de juego, competencias, todas estas y otras más necesitan baños públicos. Ya las grandes cadenas de almacenes entraron en ese orden y disponen de servicios aceptables aun cuando algunos son inmundos.

Fui testigo de dos situaciones en meses pasados que voy a referir públicamente para presentar la necesidad de que la ciudad vaya pensando aceleradamente la posibilidad de implementar servicios sanitarios en lugares públicos o en sitios privados a través de una legislación local para atender las urgencias en estas categorías de personas en general asistentes a lugares comunes como ya se viene adelantando en varias capitales colombianas y es de uso común en muchos países incluyendo latinoamericanos que entraron en éste tema hace ya largo rato.

El primer caso lo observé en un banco prestigioso en esta ciudad donde una dama bastante mayor haciendo fila para un cajero se apartó y pidió a una asistente que le prestaran un baño. La asistente consultó con otra aparentemente de mayor rango y la respuesta fue que no se podía por prohibición interna. Nos acercamos a la señora y le preguntamos si era cliente del banco y dijo que no. Muy apurada la pobre salió de la oficina, encontró a menos de veinte metros un rincón bastante visible desde el exterior y bajándose unos pantalones muy viejos descargó agachadita y avergonzada sus riñones.

Pocos días después en nuestra calidad de clientes del mismo banco y sucursal le pregunté lo mismo a la funcionaria de la negativa y me dijo que tampoco a nosotros podían complacernos. Era una orden “Por la pandemia”. Solamente quisimos probar si nuestra calidad de cliente nos daba alguna ventaja, por si acaso. Pero a los pocos días se repitió la escena cuando en una iglesia estrato seis un caballero poco antes del oficio religioso necesitó un sanitario y solicitó uno en los interiores del templo se lo negaron. El argumento fue que las iglesias no eran inodoros públicos.

Necesitamos que estas fallas urbanísticas de cultura general vayan cambiando. Ya somos casi una metrópoli, tenemos muchos visitantes. Parques, oficinas públicas y privadas que atienden público, bancos y entidades financieras, iglesias de todas las tendencias, lugares de concentración cultural o deportivas como canchas de juego, competencias, todas estas y otras más necesitan baños públicos. Ya las grandes cadenas de almacenes entraron en ese orden y disponen de servicios aceptables aun cuando algunos son inmundos.

La Alcaldía podría reglamentar el tema. Podrían ser los sanitarios portátiles por el cual se pagaría una suma mínima por el servicio, con esta suma mínima podría cubrirse un salario para cuidadores y tendríamos, por lo menos, una forma amable de que al ciudadano se le otorguen ciertas prerrogativas mínimas de asistencia diversa. A veces, nos parecen exóticas estas apreciaciones que en general buscan sugerir elevar el nivel de vida de la ciudadanía. No se imaginan amables lectores la cara de angustia de la señora que  solicitó el servicio en el banco. Sobra relatar que una vez que se despojó de sus residuos se soltó a llorar en medio de la mirada angustiada de muchos presentes. Podemos buscar un nuevo camino en este aparentemente tema minúsculo cotidiano para hacer de la vida algo mucho más propicio a la sensibilidad social.

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