Columnas de opinión |

Bacano

Celebró la ciudad un nuevo aniversario de su unción como Villa y, como es normal, cayeron en cascada numerosos elogios a su gente, su pujanza, su momento, su alegría y otros tantos lugares comunes que, seamos sinceros, nos gusta escuchar y nos suben el ego colectivo. No faltó el recuento de canciones, el trino cariñoso con foto incluida del personaje que vive lejos, el Instagram rebosado y, cómo evitarlo, la inefable mención a que “ahora sí, pero antes no”, que “somos ejemplo para el país”, o “el mejor vividero del mundo”, entre otros tantos bonitos piropos. Y nos gusta, nos sentimos bien, nos creemos todos unos bacanes en una ciudad bacana, la que le está ganando a los arroyos en la que parecía ser una eterna y perdida pelea, la que le volvió a dar la cara al río, la que tiene más y mejores parques, la de los escenarios deportivos nuevos o remozados, y otros etcéteras.

Todo eso está bien, pero ha costado. Por un lado, y como lo anotan importantes expertos, el compromiso financiero de Barranquilla es enorme, con cupos de endeudamiento excedidos que obligan a ser juiciosos en el recaudo y medidos en el gasto para alejar viejos fantasmas fiscales que aún rondan. Sostener el ritmo de inversiones en obras de esas que se inauguran con fotos y aplausos que se traducen en votos y encuestas favorables no es fácil ni responsable. Las vacas gordas no van a durar para siempre. Nunca lo hacen. Sobre eso ha hecho falta información, pedagogía y sinceridad.

Y por el otro, como ciudadanía hemos caído en un cómodo sopor del que pareciera no haber afanes ni interés por sacudirse. Pensar, debatir a partir del argumento, compartir el disenso sin pena, buscarle el sello a la cara o hacerse preguntas parecieran ser prácticas vergonzantes que hay que esconder debajo de la música o la salva de aplausos. El feudalismo que se enquistó y reprodujo ahora pone y quita, fija su agenda para mantenerse en el poder y sabe cambiar de color cuando le conviene. Al que manda le interesa seguir mandando. Es normal. A eso sirve. Lo fregado es que creamos que por “normal” es ética y moralmente aceptable.

Convendría entonces detener el mecedor en que adormitamos la apatía para preguntar y preguntarnos lo que como sociedad tenemos derecho y deber de hacer. A ver si nos atrevemos a levantar la alfombra o si seguimos viviendo como si el polvo no existiera. A ver si incorporamos en el discurso y el imaginario conceptos como “cultura ciudadana” e “interés público” sin que suenen a arameo antiguo. A ver si, en definitiva, podemos respetarnos sin estar de acuerdo y sentirnos bien por lo que como ciudadanos somos y no por el cemento que nos rodea. Bacano así. Ahí sí. 

Pd: Pertinentes las opiniones que sobre la llamada economía naranja recoge la revista Arcadia en su último número. Para variar, es otro tema del que hace falta preguntarse más antes de asentir.

asf1904@yahoo.com 
@alfredosabbagh

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