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Opinión

El poder de los sapos

Por años, esta especie ha estado mimetizada en las selvas burocráticas.

Con su piel áspera y seca, ha escondido sus maniobras entre los matorrales de gobiernos de todos los territorios.

En unas ocasiones intrigan para ganar favores o reconocimientos de sus superiores; en otras, arman complots muy bien elaborados para perseguir o espiar a los que asumen como enemigos de su jefe.

En ambos casos, se trata de alimañas de patas cortas, que cargan en la cabeza una especie de glándulas paratoides con las que van repartiendo veneno por donde pasan.

Son arribistas, entrometidos y aduladores hasta el cansancio. Por lo general, son los primeros en cualquier lista y siempre están donde nadie los llama.

Uno los encuentra en los cocteles, salas de espera, despachos asesores… O, paraguas en mano, abriendo la puerta de los carros oficiales. O activando centrales de inteligencia en un cuartel militar.

En cualquier caso, se consideran bendecidos por el dios supremo de la lambonería, y blindan a su regente con celo para que nadie más se le acerque.

Todo el tiempo parecen amables y hasta exhiben algo de donaire, propio de las exquisitas escuelas de etiqueta; pero en el fondo -y no tan al fondo- don dueños de una falsedad infame.

Los bufonidos del hábitat criollo no admiten ninguna crítica contra lo que defienden, de manera que andan armando dosieres formales sobre las personas que osan abrir su boca.

Entonces vetan y desaprueban, según el poder que les haya dado el patrón. “No es de los nuestros”, dicen, y como si se tratara de jueces de orden, imparten sentencias.

Entre los sapos hay, sin embargo, unos más peligrosos que otros. Entre estos se encuentran los que se autodenominan defensores del régimen, porque creen que donde están hay uno y este tiene muchos enemigos.

En ese trance, no se miden: husmean llamadas, revisan redes, hacen seguimiento “de inteligencia”.

Para ellos son tan temibles los periodistas con experiencia en medios de comunicación, como los estudiantes que hacen sus primeras aproximaciones al periodismo.

Generalmente hacen parte de las estructuras del Estado y utilizan ese aparato para instigar o perseguir. Entonces infunden temor, porque he ahí el sentido de sus macabras empresas.

Ese es el miedo que, de hecho, tienen los muchachos de las salas de redacción de los 22 periódicos universitarios que, en la paranoia de los sostenes del sistema, aparecieron en la lista de las chuzadas conocida en estos días.

Hasta hoy eran jóvenes intrépidos, con la idea principal de cambiar al mundo. Podían estar cometiendo errores, como los que aparecen en los grandes diarios, pero su única apuesta estaba fundada en un país mejor.

No sé qué estará pasando hoy en sus cabezas, pero el daño está hecho. Y como en otros casos, la verdad que se asoma podría ya no ser la suya sino la que croa por la ventana del silencio.

albertomartinezmonterrosa@gmail.com

@AlbertoMtinezM

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