Textos e ideas que durante siglos constituyeron el núcleo del razonamiento sobre la formación, se han olvidado. Y su olvido ha implicado un segundo olvido, aún más peligroso: el olvido de las respuestas a las preguntas consejeras de la tarea formativa: ¿qué tipo de persona debe formar la educación? ¿Qué forma de ordenamiento moral, jurídico y político esa formación aspira sostener y desarrollar? ¿Qué clase de adultos debe tener una sociedad? ¿Qué es una buena vida, y qué relación tiene con los conocimientos adquiridos? En últimas, ¿cuál es el fin y la naturaleza de la educación?
Por eso, insisto en recordar que la educación posee un núcleo filosófico y civilizatorio previo —la pregunta por el tipo de hombre y de comunidad que se desea formar— y que la gestión de la política educativa y la gobernanza de las instituciones solo adquieren sentido cuando se subordinan a esos fines esenciales, y no al contrario. De lo que se trata, en últimas, es de reconstruir una conversación que medite el sentido de educar y piense la educación de manera radical, es decir, desde sus raíces.
Esa conversación debería incluir al menos cinco ejes principales, que aquí sintetizo: en primer lugar, la reflexión sobre los fines de la educación, entendida como formación integral de la persona y no como mera capacitación laboral; en segundo lugar, la centralidad de las humanidades y de las artes como provincias de sentido que desarrollan el entendimiento, la afectividad y la voluntad; en tercer lugar, la relación entre educación y tradición, pues educar no consiste únicamente en enseñar lo actual o lo inmediatamente útil. Por el contrario, educar implica revitalizar saberes forjados a lo largo de siglos —muchos de ellos injustamente relegados— para formar una mente bien amueblada; en cuarto lugar, la dignificación de la labor académica. Con esto me refiero a que el académico —maestro e investigador— no puede ser concebido como una figura de segunda categoría que hace tantas funciones cuantas le adjudiquen, sino como un elemento sustancial en la configuración intelectual y moral de la sociedad. Esto exige, por un lado, garantizar a los académicos condiciones adecuadas —formación sólida, reconocimiento social y estabilidad económica y laboral— para ejercer su tarea con excelencia y, por otro lado, reclamar de ellos altas cualidades vocacionales, morales e intelectuales; en quinto lugar, la reorientación de la investigación y la divulgación cultural, de modo que dejen de estar subordinadas a lógicas de productividad cuantificable o de mercado, y recuperen su disposición de búsqueda de la verdad, profundización del conocimiento y servicio a la vida cultural de la sociedad.


