La reactivación de la economía venezolana no será un fenómeno marginal para Colombia: será, probablemente, la mayor oportunidad exportadora de los últimos cincuenta años. Aprovecharla no depende de discursos diplomáticos, sino de decisiones concretas. Hoy, Colombia no está preparada; el tema ni siquiera hace parte del debate público.
El primer frente es el corredor Cúcuta–San Antonio–Ureña, donde se concentra la mayor parte del comercio binacional. Es urgente modernizar el Puente Internacional Simón Bolívar y el Puente Internacional Francisco de Paula Santander: ampliar su capacidad, habilitar carriles exclusivos de carga, fortalecer los patios de inspección y digitalizar los sistemas aduaneros. A esto se suma la necesidad de complejos logísticos que operen como puerto seco, con servicios de consolidación, almacenamiento, y despacho de mercancías.
El segundo frente es la conexión del interior del país con la frontera. El proyecto Bogotá–Cúcuta 4G/5G, con tramos como Bucaramanga–Pamplona y Pamplona–Cúcuta, debe convertirse en prioridad nacional. Sin esta vía modernizada, los costos logísticos seguirán haciendo inviable competir con proveedores marítimos en algunos productos. De manera complementaria, el corredor Medellín–Costa Caribe–La Guajira requiere fortalecerse para canalizar exportaciones. También es clave fortalecer el eje Puerto Gaitán- Puerto Carreño, incorporando la navegabilidad del río Orinoco dentro de una estrategia intermodal.
La infraestructura energética binacional es, quizás, lo más urgente. La reactivación del Gasoducto Antonio Ricaurte permitiría importar gas, disminuir costos y ampliar la oferta; un ramal que conecte a Cúcuta sería fundamental. En paralelo, la interconexión eléctrica desde La Guajira, donde Colombia puede desarrollar uno de los mayores clústeres eólicos de América Latina, podría convertirse en un activo estratégico para abastecer el occidente venezolano. No es solo energía: es integración económica profunda.
En Cúcuta, Maicao y Arauca los proyectos deben incluir zonas francas industriales, parques, logísticos y centros de servicios financieros. Estas zonas deben diseñarse como plataformas de exportación con incentivos tributarios, regulación flexible, y seguridad jurídica. Sin esta infraestructura productiva, el comercio seguirá siendo transaccional y no estructural.
Finalmente, está la infraestructura institucional. La digitalización aduanera, la interoperabilidad de sistemas, y la trazabilidad del transporte son tan importantes como las carreteras. Sin estos elementos, la informalidad seguirá capturando el comercio. Colombia debe impulsar una estrategia para que empresas públicas o privadas logren habilitación OFAC que les permita hacer negocios en Venezuela para los sectores sancionados. Igualmente, si la banca venezolana no se integra con la banca internacional, Colombia podría ser la llamada para facilitar el sistema de pagos.
Colombia tiene la oportunidad de convertirse en el principal socio de la recuperación venezolana, pero eso no ocurrirá por inercia, exige una agenda clara de proyectos. Requiere entender que la frontera no es un límite, sino el eje de una nueva estrategia económica. Porque la historia no premia a quienes tienen oportunidades, sino a quienes las aprovechan.
@SimonGaviria


