En la reciente edición del Festival Internacional de Cine de Berlín, una de las películas más impactantes fue Rose, dirigida por el austríaco Markus Schleinzer. Este drama histórico, protagonizado por Sandra Hüller, sigue a una misteriosa soldado que, tras los estragos de la Guerra de los Treinta Años, regresa a un aislado pueblo protestante en Alemania haciéndose pasar por hombre para reclamar una granja familiar abandonada.

La elección de vestir pantalones y la marcada cicatriz en su rostro, huella de una bala esquivada en combate, se convierten en símbolos de la libertad que solo la sociedad de la época otorgaba a los hombres. Ambientada a principios del siglo XVII, la historia refleja con crudeza el claro privilegio económico y social de los hombres, hasta el punto de que para una mujer sola el disfraz de varón parecía la única vía para sobrevivir.

Y esa estrategia funciona, al menos en lo material. Rose consigue organizar un grupo de trabajadores que, bajo su dirección, ponen en funcionamiento las tierras y, con ello, prosperidad para la granja. Pero ese éxito también trae consecuencias; el padre de Suzanna (Caro Braun) le propone un matrimonio con fines económicos que Rose se ve obligada a aceptar. El pacto desencadena una serie de tensiones en la comunidad, exponiendo las rígidas normas familiares, religiosas y sociales que relegan a la mujer a un lugar de inferioridad.

La manera en que Rose elige el silencio como respuesta ante los prejuicios y comentarios de la aldea revela la compleja habilidad de la protagonista para navegar un mundo hostil. Esa contención es, en sí misma, una muestra del precio que ha tenido que pagar para mantener su estatus.

Filmada en sobrio blanco y negro por Gerald Kerkletz, colaborador habitual de Schleinzer, Rose se apoya también en una envolvente banda sonora a capella creada por Tara Nome Doyle, logrando así sumergir al espectador en la atmósfera de la época.

Schleinzer, conocido por su trabajo con directores como Michael Haneke, se siente aquí influido por la tradición austera y reflexiva del cine europeo, reflejando una crítica profunda tanto a los estereotipos de género como a las imposiciones religiosas que subyugan a quienes no se ajustan a los cánones establecidos.

El desarrollo de los personajes es inteligente, llevando al público de la mano a través de una mezcla de violencia implícita y sumisión ante las imposiciones sociales. Por su papel, Sandra Hüller recibió el Oso de Plata a la Mejor Interpretación Protagonista en la Berlinale 2026.