Este año se cumplen 65 años de la muerte del escritor Ernest Hemingway. Uno de los tres escritores norteamericanos más influyentes en las letras de América Latina, al lado de William Faulkner y Edgar Allan Poe. Hemingway publicó esa joya de la brevedad que es El viejo y el mar en 1952, obtuvo el premio Pulitzer en 1953 y ganó el premio Nobel en 1954.

En sus ratos libres fue pescador en Cuba, donde también fue un insaciable bebedor de mojitos en la mítica Bodeguita del medio, en La Habana Vieja, implacable cazador de rinocerontes en África, corresponsal de guerra en los más peligrosos conflictos del siglo XX, incluyendo la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española, conductor de ambulancias en la línea de fuego durante la Primera Guerra Mundial, boxeador apasionado desde sus años de secundaria, corredor de toros bravos en los encierros de San Fermín en Pamplona, cazador de submarinos nazis en el Caribe y, lo más arriesgado de todo, libidinoso amante de las actrices de Hollywood que protagonizaban las adaptaciones cinematográficas de sus novelas.

Aunque sobrevivió a nueve conmociones cerebrales, yo prefiero verlo, simplemente como uno de los mejores cuentistas de la historia. Como el iluminado autor de “Los matones”, según la traducción del Grupo de Barranquilla, de “Hoy es viernes”, de “Colinas como elefantes blancos” y, sobre todo, de “El gato bajo la lluvia”, que García Márquez calificó como el mejor cuento de la historia, “el cuento donde mejor se condensan sus virtudes”.

Como dije, el viejo Hemingway se involucró activamente en las dos grandes guerras del siglo XX, los recuerdos del senil escritor, antítesis perfecta de Borges, quien leyó mucho y vivió poco, debieron ser insoportablemente intensos, plenos de hazañas memorables, gestas que rayaron en la demencia y que, con los años, inflaron su ego desmedido.

La satisfacción de los deseos personales inmediatos es lo que, en definitiva, le imprime el sentido a su vida. Un gozón de tiempo completo, alguien que vive con intensidad y plenitud todo cuanto puede proveerle deleite. Su insaciable gusto por la aventura, el peligro, las mujeres bellas, las corridas de toros, la caza, la pesca, las situaciones extremas, los deportes arriesgados, la buena mesa, están más allá de toda sospecha.

El placer que reporta la sexualidad es, desde luego, una de las inclinaciones favoritas del “goceta” Hemingway. Ava Gardner, la estrella de cine de hermoso pelo negro, ojos azules, senos espléndidos, pubis escaso y olor de hembra en celo, según su propia descripción, que pasó de la pantalla grande directamente a la cama del novelista, puede dar fe de ello.

Así, pues, hace 65 años, en un pequeño pueblo de Idaho, un anciano acaricia el rifle de doble cañón que habrá de llevarse a la boca para acallar los recuerdos que lo abruman…