El propósito de estas líneas no consiste en desempolvar los rasgos principales del carnaval, un fenómeno cultural que, en sus orígenes, implicaba la abolición de las jerarquías, los privilegios, las reglas y los tabúes. Para eso sigue siendo mejor escuchar a Nelson Henríquez cuando canta: «el pueblo barranquillero va a gozar el Carnaval…». O a Los Gaiteros de San Jacinto: «Catano que vocaliza / El Goyo que toca el guacho / Guardián toca su tambor». Lo que interesa aquí, de momento, no es el carnaval en sí, sino su influencia en el campo literario, es decir, la transposición del carnaval al lenguaje de la literatura.
Hubo un tiempo, bastante lejano, en el que se constituyeron y desarrollaron múltiples y heterogéneos géneros literarios vinculados entre sí por una raíz común, un aire de familia, un interno y secreto parentesco de hijo repudiado. En la Antigüedad, esta multiplicidad de géneros, que iban del sincretismo filosófico literario de los diálogos socráticos a los panfletos vulgares, pasando por la risa desacralizadora de la sátira menipea, se aglutinó en la vasta caravana de «lo cómico-serio» y se opuso, a su vez, al ámbito de los géneros serios y respetables, tales como la epopeya, la retórica clásica y, sobre todo, la tragedia.
Pese a su extraordinaria diversidad externa, a su empaquetadura multiforme, a su estuche variopinto, todos los géneros cómico-serios reflejan, en el fondo, de algún modo, una indiscutible percepción carnavalesca del mundo, «una poderosa fuerza vivificante y transformadora y una vitalidad invencible». Lo cual es apenas natural, si se tiene en cuenta que todos, sin excepción, con sus cachitos de panela, abrevan como toritos bravos en las fuentes mismas del carnaval. De este modo, comparten tres rasgos fundamentales: la adopción de la actualidad, de la cotidianidad, como punto de partida para su interpretación y valoración de la realidad; su actitud profundamente crítica, subversiva y creativa hacia la tradición; y, lo cual es no menos importante, la definitiva heterogeneidad de estilos y de voces, la pluralidad de tonos, la mezcla de lo alto y lo bajo, de lo serio y lo ridículo, de lo sublime y lo grotesco.
Mención aparte merece, desde luego, la sátira menipea, «este género carnavalizado, flexible y cambiante como Proteo, capaz de penetrar en otros géneros, llegó a ser uno de los primeros portadores y conductores de la percepción carnavalesca del mundo en la literatura, incluso hasta nuestros días». ¿O no son auténticas menipeas carnavalizadas la irreverente Maracas en la ópera, de Ramón Illán Bacca, La noche feliz de Madame Ivonne, de Marvel Moreno o Tras el antifaz hay un aroma, de Guillermo Tedio?
Las tres raíces de la novela estarían dadas por la epopeya, la retórica y el carnaval. Según el predominio de estas raíces surgirían, a su vez, tres líneas en el desarrollo del género: la épica, la retórica y la carnavalizada. Esta última forma novelesca es, justamente, aquella que ha experimentado, de una forma u otra, la influencia única y transformadora del folclor carnavalesco.
En fin, quien lo vive es quien lo recuerda —también quien lo lee—, quien evoca con nostalgia «tantas cosas queridas / tantas cosas ya idas del viejo carnaval».


