Nunca antes vi tanta gente en las redes quejándose de su soledad como el pasado día de San Valentín. Algunos reclamaban con frases nostálgicas como “Este año no tengo quien me regale en San Valentín”, mientras que otros vieron un negocio allí: “Me alquilo de novio por San Valentín”. Un amigo escribió: “Me aterra ver cómo hay personas que se sienten solas y miserables porque no tienen a alguien al lado en esta fecha. Hay algunos que buscan cuadrarse con quien sea con tal de tener a alguien para celebrar”. Lo dijo un millennial sobre su generación: esos chicos que hoy promedian los veinte años, que es cuando uno tiene más amigos.

Quizás el desespero de este día siempre ha sido así, pero antes no existían las redes, que todo lo evidencian, y no éramos tan conscientes de que había tanta gente con peores rollos que los nuestros. Son precisamente los más solitarios los que más detallan su privacidad en las redes, convirtiéndolas muchas veces en meros paños de lágrimas. Les cuesta entender que comentarios que deberían hacer parte de entornos privados pasan por estas vías a ser de dominio público.

Hace poco almorcé en casa de unos amigos en los que había otra pareja con un niño de tres años. Mientras el hijo de mis amigos correteaba y gritaba por su casa, el otro jugaba con un celular. La mamá me explicó que antes era hiperactivo, pero desde que él descubrió el teléfono, ella y su marido pueden hacer más vida social. ¡Plop! Así inicia el vicio. Las redes son una droga que se ofrecen a sí mismas como solución del problema que ellas mismas generan. La hiperconectividad es real, pero los amigos que hay allí son un ‘pajazo mental’. Y viene el círculo vicioso de que hay que seguir conectado con tal de no sentirse solo.

La situación comienza a dar graves signos de alerta, al punto de que se habla de la soledad como epidemia. Hay un largo trecho entre estar solo y sentirse solo. Según unas cuantas investigaciones mundiales, el 40% de las personas se siente sola aunque esté con otros. Pueden tener familia, amigos o un gran círculo de seguidores en las redes, pero no se sienten en sintonía con nadie. Se conectan con la pantalla pero no con la gente. Y no saben enfrentar la soledad, especialmente quienes han sido el foco de atención en la niñez.

Es por esto que una empresa en China ofrece muñecas que hablan para hombres solteros que sufren de soledad; que en España comienza a consolidarse el programa “Familias postizas”, para personas de la tercera edad; y que en el Reino Unido el gobierno de Theresa May se ha tomado tan en serio el asunto, que acaba de nombrar a la primera Ministra de la Soledad. Aunque su preocupación no obedece a razones humanitarias. Como siempre, “¡es la economía, estúpido!”: los solitarios se enferman más y por cuenta de este rubro su país está gastando anualmente $2.300.000 por persona.

Sin soluciones a la vista, lo mejor es ir organizando con los amigos un “Plan Tena” propio en el que la solidaridad sea una responsabilidad compartida.

@sanchezbaute