Colombia está profundamente conmovida, y sobre todo, adolorida por el cruel asesinato de 10 soldados indefensos y un número mayor de heridos, algunos en estado crítico. Lo que acaba de suceder en esa pequeña vereda del departamento del Cauca ha sido tan miserable, tan desalmado, que se ha generado una gran sensación de desasosiego cuando creíamos que el camino de la paz –seguro con altibajos–, iba a continuar sin grandes tragedias. Estábamos equivocados, sin duda, pero esta realidad de ver a estos jóvenes héroes sometidos a semejante ataque de las Farc nos ha partido el alma.

Independientemente de lo que afirmen los comandantes de las Farc en La Habana, la sola escena de soldados acribillados mientras dormían en un área desprotegida, tiene a ese amplio sector de la sociedad colombiana –que sin duda quiere la paz–, absolutamente desconcertado. Cabeza fría del presidente y de los negociadores de ambas partes es crítica en este momento, pero lo más importante es no permitir el oportunismo político alrededor de estos jóvenes muertos ni salir a tomarse las banderas de la paz, o mejor, de la guerra, como parece que está haciendo el blindado vicepresidente de la República.

Sobre lo primero, hasta ahora el presidente ha tratado de mantener la calma, no actuar en caliente y consultar diferentes voces, analizando el presente y el futuro de las negociaciones en La Habana. Momentos difíciles atraviesa Juan Manuel Santos. Pero, por favor no se peleen los muertos con el senador Uribe porque ese espectáculo va más allá de lo que los colombianos podemos soportar. De acuerdo con sus más recientes palabras, registradas en la revista Semana, “La paz no puede convertirse en una bandera política”, a lo que le agregó que “(…) el dolor de sus familias debemos respetarlo”. Definitivamente, algunos de nuestros reconocidos líderes políticos parecen no conocer los límites.

Ahora bien, resulta increíble que el vice, asociado históricamente mucho más con la guerra que con la paz, en esta dura coyuntura resolvió empezar a opinar sobre las negociaciones pidiendo poner límites a las mismas, cuando se supone que no es un vocero autorizado para meterse en este delicado tema. Por lo menos oficialmente no se ha dicho lo contrario. Eso se llama en lenguaje popular, ‘pescar en río revuelto’, y ojalá que no esté esperando que se cumpla la segunda parte de este adagio ‘ganancia de pescadores’. Lo que menos necesita el país es el ejercicio de esta práctica tan usada en Colombia como es el ‘oportunismo político’. Sería interesante saber qué piensan los negociadores, y especialmente el presidente Santos, sobre este nuevo actor del proceso de paz, nada menos que el vicepresidente. ¿Habrá influido en algo el respaldo que recibió del senador Álvaro Uribe para que no se le enredara su campaña presidencial?

Se requiere abrir un compás de espera hasta que el presidente y los negociadores del Gobierno terminen las profundas reflexiones que deben estar haciendo en estos momentos. Que las voces de sirena que claman la guerra no le cambien el corazón a millones de colombianos que no quieren más muertos, sean estos soldados, indígenas, niños o, en general, civiles. Las Farc tienen que estar sintiendo lo que perdieron con este asesinato, de manera que es el momento de demostrar que sí es verdad que quieren la paz. Los colombianos hemos sido pacientes pero la reacción ante los últimos hechos demuestra que esa paciencia tiene límites. No cerremos estas puertas al diálogo, porque no tenemos toda la información necesaria para adoptar posiciones radicales.

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