No es la primera vez que escucho o leo las quejas de un exfutbolista por el fútbol actual, el que ya no es el de él. En mi época se jugaba con más calidad, se pensaba más en anotar goles, había más libertad, son algunas de las aseveraciones que acompañan su nostálgica mirada al pasado.
Estos días se conoció la opinión de Ruud Gullit, el formidable futbolista de la selección holandesa (Países Bajos) y de varios equipos de la elite, sobre todo del inolvidable Milán italiano de Van Basten, Baresi, Maldini y dirigido por Arrigo Sacchi de los años 80’s: “el fútbol se ha vuelto absolutamente horrible. Quiero jugadores capaces de enfrentarse a los defensores. ¿Dónde están los jugadores que gambetean? Lo único que hacen es dar pases. ¡Pasan! ¡Pasan!”.
Yo creo, contrario al clamor de Gullit, que hoy los hay y muy buenos: Luis Díaz y Olise del Bayern; Saka del Arsenal; Lamine y Raphinha del Barcelona; Vinicius del Real Madrid, son apenas algunos de los muchos ejemplos que hay. Pero, además, creo que todos también somos conscientes y agradecidos por la esencia grupal del juego. De su naturaleza misma. De su estética colectiva. Ver pasarse el balón con calidad y coordinación entre todos es también un disfrute. Cuando se sale de una presión del rival jugando o cuando se llega al gol por una coreografía de pases ágiles y precisos.
‘Yo soy por mis compañeros’, dijo algún día Garrincha, considerado el mejor solista del fútbol. Y, el propio Gullit expresó en su momento que ‘si hubiera querido jugar de forma individual hubiera sido tenista’.
No es un fenómeno novedoso Gullit: “hacia 1876, el juego de pases, o passing game, reemplaza al dribbling game, y el espíritu colectivo de los obreros suplanta también al individualismo burgués” (Arnold Wahl, Historia del Fútbol, del juego al deporte).








