Hemos llegado. A la hora de este escrito, el Mundial apenas ha terminado la fase semifinal, y faltan horas para el partido por el tercer puesto entre Brasil y Holanda y un día para el partido final entre Alemania y Argentina. Es bastante valido discutir los problemas que han plagado a la Fifa desde la concepción de la copa y los problemas que todavía plagan al deporte hoy en día.
Una de las razones principales por las que no soy un espectador constante de futbol, aparte de razones meramente personales, es que el juego ha tenido una larga historia de arreglos, incluyendo juegos en la Copa Mundial. No hay nada más que ver el reporte de la ‘Operación Veto de Europol’ para entender que tan absurdamente enorme es esta red de componendas. Hay billones de dólares en juego y la organización de Dan Tan funciona a tal nivel que la trasgresión es internacional y la organización es prácticamente imposible de desmantelar. Pero sin embargo esto no significa que el deporte no es válido o que la habilidad de los jugadores tenga que estar bajo cuestión.
La razón por la que reporto esto es algo obvia. Colombia cree por razones bastantes entendibles que Carlos Velasco fue comprado. Obviamente, al final del día, la verdad queda entre Velasco y su conciencia. Pero el hecho es que la actuación del español no debe ser evaluada basada en su origen. Debe ser evaluada basada en los resultados. Y el ambiente que creo Velasco en ese juego fue un ambiente peligroso para ambos equipos. De 51 faltas, solo cuatro fueron penalizados. Llegó a un punto en el que Thiago Silva atacó a un arquero con la bola en la mano y en el cual Zúñiga atacó a Neymar y le rompió la espalda.
El partido de Brasil más tarde con Alemania fue bastante reivindicante para los colombianos. Un 7-1 brutal que fue para muchos evidencias suficientes de que Brasil había hecho trampa en el partido anterior y que permitía que un equipo “tramposo” no ganara la copa.
El futbol se debe disfrutar porque es un deporte divertido, alegre y que une a millones de personas, esto es lo verdaderamente trascendental, jamás se debe celebrar porque llena los bolsillos de gente.








