Lejos de mí la intención de embarcarme en divagaciones filosóficas sobre lo que es la consciencia. Me sumo a los muchos que la definen, de la manera más práctica, como un “darse cuenta de…”, nada más, nada menos.
Nos dimos cuenta alguna vez que la Tierra era redonda, mil quinientos años más tarde, que giraba alrededor del Sol, y apenas hace cien años que el espacio se curva y el Universo, por tanto, es finito, pero indeterminado. Nos dimos cuenta alguna vez que los episodios infantiles determinaban la vida futura del individuo, que la propiedad privada es la causa última de todas las desigualdades sociales, nos dimos cuenta que las rocas, los gatos y los seres humanos hemos vivido un proceso evolutivo de miles de millones de años, que los átomos de carbono que forman las estrellas también constituyen las células de nuestros cuerpos Nos hemos dado cuenta de muchas cosas con el correr de eso que llamamos Historia. Pero no todos, ah, no todos, que algunos, y no son pocos, todavía parecen vivir en la Prehistoria.
Nos dimos cuenta alguna vez que la dominación española sobre nuestras tierras americanas era un oprobio del cual deberíamos liberarnos con la determinación, la audacia y el valor histórico que caracterizaron a nuestro Libertador. Nos dimos cuenta que éramos una suma de etnias, que el mestizaje, no sólo racial, sino también cultural, es una de nuestras mayores riquezas como latinoamericanos. Nos dimos cuenta que la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Nos dimos cuenta alguna vez que la esclavitud era oprobiosa. Nos hemos dado cuenta de muchas cosas, somos una especie que evoluciona cada vez más hacia nuevas formas de consciencia. Pero no todos, ah, no todos, algunos, la mayoría, vive aún en la inconsciencia.
Les tiene completamente sin cuidado la justicia social o la identidad latinoamericana, como si esos dos no siguieran siendo los temas más álgidos en este continente nuestro de las venas abiertas, donde, como ha expresado con vehemencia el mismo papa Francisco, la gente vota justamente por los mismos que la mantienen en la pobreza. Eso no tiene otro nombre que inconsciencia, y la padecen por igual el que anda a pie o en automóvil de lujo. Y ya que estamos tan papales, recordemos de pasada que el papa Juan Pablo II dijo que el único infierno era la inconsciencia. Ítalo Calvino estaría de acuerdo, y los budistas, y nuestros ancestros indígenas, para quienes nosotros, los occidentalizados, somos un montón de gente que vive dormida, esto es, en la inconsciencia.
Los que claman y suspiran por mano dura en un país de violencias seculares viven en la inconsciencia, los que anhelan que al frente del Ejecutivo no esté un administrador de justicia social, sino un gendarme vengador que les cuide las propiedades, viven en la inconsciencia, los que creen que la violencia se soluciona con más violencia, que la oscuridad se combate con más oscuridad, viven en la inconsciencia, los que quieren entregarle el pacífico Caribe a unos santos inquisidores corruptos, con las manos sucias de sangre, con el alma enferma por el odio y el resentimiento, viven en la inconsciencia. Y lo más terrible de eso es que los demás guardamos, como dijeran los miembros de la Junta Tuitiva, reunida en La Paz, Bolivia, en 1809, “un silencio muy parecido a la estupidez”. Por eso yo voto por la voz iluminada de la consciencia.
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