Desafortunadamente hay que ser sincero reconociendo nuestros peores males para sobre ellos edificar un futuro mejor. Nada hay más peligroso para la sociedad que tratar hipócritamente de esconder el diagnóstico por miedo a encontrar un resultado nefasto en el espejo. Colombia ha padecido genéticamente de todas las plagas teóricas y prácticas y ha podido superar algunas aun cuando, por desgracia, no ha sucedido igual con otras porque están enquistadas, con raíces hasta lo más profundo de la psiquis colectiva.
Más grave aún, algunos de estos azotes que golpean permanentemente a la sociedad colombiana se han convertido en costumbres, elevándose en algunos casos a culturas establecidas per se, como decimos los abobados, haciendo de esas costumbres un vicio que corroe las entrañas más profundas de la sociedad.
Por encima de la violencia que guerrilla, paramilitares y delincuencia común entablaron en el país con su secuela de crímenes, bombas y secuestros, el reinado de la corrupción en el país permanece incólume. Es pavoroso observar hasta dónde esta corrupción permeó todos los estratos sociales, todos los estamentos del Estado, toda la sociología colectiva, toda la cultura del comportamiento normal, hasta convertirnos en un infierno social donde la vida no vale nada y la justicia se toma por la propia mano sin el más mínimo escrúpulo. Con las consecuencias lógicas e inmediatas de una impunidad impresionante y las enclenques opiniones de autoridades que pugnan con rebajar penas, con fomentar la libertad prematura para detenidos, casas por cárcel que es un adefesio jurídico burlado a diario, “porque no todo hay que criminalizarlo, no toda conducta infractora debe terminar en medida de aseguramiento”.
¡Por Dios! Si lo que necesitamos en el país es precisamente lo contrario; una autoridad fuerte en todas las tipologías del comportamiento, jueces más conscientes de su tremenda responsabilidad, mas cárceles, en pocas palabras, más rigor en el cumplimiento de la ley porque la Ley no se hizo para adornar paredes sino para cumplirla. Dejar en libertad a un sujeto, que asesinó a otro con una pistola comprobado en un video claramente, porque no representa un peligro para la sociedad es patéticamente una monstruosidad jurídica. Es lo que señaló el gran tratadista Recasens: El enviciamiento hasta del concepto de la justicia.
Tener que abrir una causa penal a una decena de funcionarios de la rama judicial porque se les comprobó que recibían mucho dinero a cambio de favorecer a sindicados es entender que esa corrupción galopante, sucia, penetrante, que se mete en los huesos y en los nervios del cerebro como un comején destructor es una corrupción que hizo temblar los cimientos de una sociedad. Así la cadena de infortunios crece y crece porque el delincuente actúa porque no tiene la cultura del respeto humano, porque no le teme a la Ley, porque sabe que no será castigado. Por otro lado, el Estado busca la manera de no tener que alimentar tanto detenido y en vez de construir más cárceles busca cómo liberarlos pronto. ¡Qué horror! Y así, perdido el norte de la justicia, el esfuerzo de la Policía, de la Fiscalía, es en vano, es arar en el mar, es gastar y perder en vano las energías. La corrupción y la impunidad de la mano son los cimientos que se derrumbaron hace rato en la historia de estructura social. ¡Ampárenos la Divina providencia!








