El mundo se hacía más ancho y menos ajeno, y trasladaba sus guerras a otros territorios. La codicia de los enemigos de España y el recelo de los funcionarios reales fundaron en Cartagena de Indias una memoria de piedra que remplazó la vieja memoria de bahareque, indígenas y parsimoniosos cangrejos. Por cuatro siglos, varias generaciones de arquitectos, ayudados por artesanos, alarifes, canteros y herreros tatuaron la ciudad en alto relieve.
En 1756, el franciscano fray Juan de Santa Gertrudis, a su paso por Cartagena dijo: “por la tarde con la lancha saltamos a tierra en un escollo, y fuimos a ver una fortaleza de las dos que traigo apuntadas, que entonces se estaba fabricando. Trabajaban en la obra muchos negros y algunos forzados. A la que se levantó mano de trabajo, fueron juntos a una casa de un cabo el cual tenía en una mesa un montón de plata, en reales y medio reales, y a todos les fue dando su jornal […] reparé que delante de la casa de dicho cabo salieron una máquina de gateras negras. Así se llaman las mujeres que venden en las plazas sentadas en tierra, y alineadas formaron una plaza, cada una con sus comistrajes de comer para vender a los negros y forzados”.
Muchos años después, frente al mar, el escritor, empresario, músico y poeta cartagenero Daniel Lemaitre Tono, en uno de sus comunes arrebatos de genialidad, le pondría el remoquete más justo y celebrado: “El Corralito de Piedra”. Más tarde, el escritor y pintor Héctor Rojas Herazo, quien la vivió intensamente en cada uno de sus callejones, calles y zaguanes, la describió perfectamente, Cartagena de Indias es un “bloque de labrada piedra frente al mar”.
Las tardes de domingo, cuando el sol empieza a ocultarse en los pocos espacios que la voracidad privatizadora de los espacios públicos en la ciudad ha dejado libres, los amantes pobres se suben a las murallas. La memoria de piedra se doblega y se deja acariciar por la ternura y la pasión. Los cañones curtidos por la pátina del tiempo y acariciados por el salitre se vuelven cómplices. Otros calores distintos a los de la pólvora se apoderan de ellos. Comienza la reparación de la memoria, y los descendientes de aquellos artesanos negros y mulatos que construyeron la ciudad parecen reclamar su derecho a disfrutarla.
Una de esas tardes, una mujer palenquera toma un bus ruidoso conducido por un chofer que maneja arrebatado, como un frustrado corredor de autos de carrera. Deja las playas de Cartagena donde se gana la vida trenzando cabellos y suministrando masajes con aceite de coco a turistas caprichosos. Con algún dinero acumulado gracias a la feria del tacto que tiene por oficio, regresa a su barrio en los extramuros de la ciudad. Llega a su casa, acaricia a sus hijos mientras mira cómo el salitre corroe poco a poco, pero con seguridad asombrosa, las coloridas paredes de su casa.
Es domingo y los hombres de la barriada levantan con la mano derecha sus trofeos etílicos, con la izquierda se aferran a sus genitales mientras se mueven al ritmo del soukus africano. ¡Atrás! etnógrafos distantes, chamanes de la rentabilidad y el tiempo, déjenlos por un momento administrar algo, aunque sea su propia miseria.
Por Javier Ortiz Cassiani
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@JavierOrtizCass


