Para evitar el deshonor, la familia ha aceptado concesiones que traicionan deseos y afectos, sacrificando autenticidad en nombre de la apariencia. Cada conversación evidencia el peso de normas sociales que dictan conductas y restringen libertades.
Un temor común es creer que participar en una consulta genera una afiliación obligatoria a un partido político. Nada más alejado de la realidad, el voto es un ejercicio de soberanía individual que no crea vínculos de militancia ni compromisos legales futuros.
Los errores en muchas ocasiones se pueden explicar como un país enfermo que, con indiferencia ya se acostumbró, a vivir en la deshonestidad, la corrupción y la pérdida del respeto por la vida.
La Altillanura no necesita discursos; necesita decisiones. Y, sobre todo, liderazgo para convertir su enorme potencial en una realidad productiva que beneficie a todo el país.