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¿Francisco el palabrero?

Claves para un mejor entendimiento de la gestión del pontífice. La modernidad no pudo asfixiar el sentimiento religioso. Los nuevos contenidos de lo secular. ¿Está el Vaticano revisando qué hacer con el ostracismo de los divorciados?  La extraña historia de un oscuro sacerdote condenado por el Santo Oficio y autor del “magisterio” que sirve de soporte a la doctrina de la infalibilidad del Papa. ¿Es latinoamericana la salvación de la Iglesia?

La Ilustración acabó con los milagros que llenaban páginas enteras de las Escrituras y tanto ayudaron a soportar el peso de la fe. No en vano la Ilustración presume haber sido la ruptura de la tradición, especialmente de la tradición religiosa.

Pero la visita de Francisco a Colombia produjo varios milagros. Al menos propició una serie de acontecimientos que superaron las expectativas de quienes se entusiasmaron y las de quienes se preocuparon con los ángeles y demonios que se desataron con su presencia.

No es sino escuchar a la mayoría de las jerarquías eclesiásticas de aquí intentando parodias mediocres de las narrativas que acababan de escuchar. Un empobrecimiento no muy inocente. O registrar la perplejidad de quienes padecieron los discursos del pontífice deseando que el Papa regresara pronto a Roma.

Las muchedumbres asumían el impacto de un discurso que Francisco construye con propósitos cuidadosamente dispuestos, aderezados con seductores efectos de lenguaje y gestualización. El Papa parecía a ratos taumaturgo en la manera casi íntima y touch de su aproximación a los fieles.

No era el sex appeal ni el carisma de aquel Papa esquiador que parecía haber tumbado el muro de Brandemburgo con sus propias manos. Era el efectismo de decir aquellas cosas que la gente esperó escuchar durante décadas de sus élites seculares y de esa Iglesia ausente de la vida trágica de los más vulnerables.

Hay necesidad de explicar más a fondo ese fervor religioso espontaneo que parecía crecer al ritmo del discurso. Es un hecho, aquí, allá y más allá, que la religión no se asfixió con las torsiones a que fue sometida por la modernidad. No al menos como lo esperaba el mundo secular de las democracias liberales. De hecho, toda la filosofía contemporánea está atravesada, yo diría que embelesada, por la notable relevancia de lo religioso. El nuevo lugar de la religión es algo que habría podido percibirse entonces como un no-lugar: el centro de la esfera pública.

Para el pensamiento liberal la religión era un estado temprano, es decir arcaico, es decir premoderno de la evolución social y política. Aún hay pensadores de la talla de Habermas o Taylor que temen que la supervivencia de la religión pueda derivar en un regreso a los tiempos que la tradición de las democracias liberales de Occidente supuso superados para siempre.

Lo que hoy domina la escena de las ciencias sociales, de la filosofía y de la teología misma es una drástica, una impensable redefinición de lo secular. Y la tendencia es a no prescindir, tan alegremente, del pensamiento religioso a quien Habermas, desandando su propios caminos, sugiere darle tratamiento de “alianzas indispensables”.

Cuando Carl Schmitt resucitaba, preso ya de intuiciones autoritarias, la ‘teología política’ (suponiendo que lo secular no era más que un languidecimiento provisorio de sus raíces teocráticas), nadie imaginó que alcanzaría los desconcertantes rumbos de hoy. A partir de Walter Benjamin, y aún antes, fue posible imaginar que todos los fracasos políticos del materialismo histórico podrían mitigarse con elementos mesiánicos de la tradición judía. Lo mesiánico como un elemento redentor capaz de fracturar las líneas históricas de la exclusión. Y del poder. Todo un formidable cambio de trapecio. Y sin redes que amortiguaran el vértigo.

En un texto borroso y demasiado breve, Benjamin imaginó esas relaciones problemáticas entre una cosa y la otra, mediante una alegoría en que un jugador de ajedrez (el materialismo) resultaba manipulado por un enano encorvado (¿Pablo?) escondido debajo de la mesa en función de consueta, y quien encarnaría la entonces desprestigiada teología.

Este texto no pretende tener las claves de estos malabarismos enigmáticos. Tampoco pretende vaticinar la suerte de esos intentos. Pero puede que estas reflexiones sirvan para buscar las pistas tal vez encubiertas de esa visita decisiva, fundante y trascendental de Francisco a Colombia. Claro que vino a darle una manito al proceso de paz. De hecho, el Vaticano intervino directamente en gestiones de buena voluntad para el buen suceso del acuerdo de paz.

El Papa vino a darle una manito al proceso de paz, de hecho el Vaticano intervino en gestiones de buenas voluntad.

Pero esa era una presunción fácil. Y de todas maneras circunstancial. Francisco fue mucho más allá, y la perseverancia de la tradición religiosa y la fuerza de su presencia en los modernos Estados seculares son un dato más sustantivo para explicarnos lo que ocurrió aquí entre una y otra homilía. Y lo que probablemente ocurra en el resto de su pontificado.

Lo suyo no es un episodio cualquiera cuyos alcances podamos restringir al atribuirlo a realidades sociales importantísimas que, sin embargo, son solo eso. Pareciera que el Papa, los jesuitas, parte de la propia curia romana, estuviesen abriendo puertas a una iglesia más flexible, más compasiva, más ajustada a las pautas del futuro y de mayor y genuino compromiso con las tragedias acumuladas en la legendaria historia del desamparo. En síntesis, algo mucho más ambicioso de lo hasta aquí imaginado.

Por lo pronto el Papa, que sabe mejor que nadie que está expuesto a las emboscadas que pueden urdirse en los peligrosos pasillos de Roma, y además que su tiempo en ejercicio es de todas maneras agónico, ha limitado sus énfasis al ámbito de la misericordia, es decir al ámbito de lo político. De hecho, algunos jerarcas como Müller (el sucesor de Benedicto en la Defensa de la Doctrina) es políticamente un liberal cualquiera, pero un conservador radical en temas como la suerte de los divorciados, el matrimonio igualitario, el aborto o la eutanasia. Pero tal vez las cosas puedan también cobijar estos temas, no para competir audacias con el pensamiento secular, pero sí para unas políticas más cercanas al perdón y los rotundos cambios sociales.

La arrogancia eurocéntrica ha despreciado las capacidades de Francisco para enfrentar la formidable tarea que se impuso. Palabrero, le llamó el investigador Walter Mayr en un contundente documento publicado en 2015 por el prestigioso Der Spiegel.

El Papa en su recorrido en el papamóvil.

No obstante, el 72 por ciento de los católicos alemanes aprobó en una encuesta reciente la gestión de Francisco, mientras que apenas un 12 por ciento desearía que regresara el Papa alemán. Palabrero es además una hermosa y sugerente palabra. Más allá de las virtudes que la amparan como patrimonio inmaterial de la humanidad sugiere, como lo chaman, la palabra que cura. De hecho, los nexos, y por supuesto las diferencias entre lo chamán y el sicoanálisis han sido establecidas por los expertos. Y la sanación es algo que la Iglesia necesita en altas dosis.

Francisco ha remendado las duras diferencias del Vaticano con el teólogo suizo Hans Küng, a quien Juan Pablo II impuso cesación forzosa de sus tareas eclesiásticas. Küng es de los que creen no solo que el Papa tiene la inteligencia, la astucia y el sentido estratégico necesario para intentar un cambio drástico y trascendente en la Iglesia, sino que advierte procesos innovadores en marcha.

De hecho, Küng piensa que así como Italia y España asumieron buena parte de la Contrarreforma, y Francia y Alemania los logros del Concilio Vaticano II, Latinoamérica podría asumir la titánica gestión de una iglesia moderna capaz de restaurar vínculos con la feligresía que se fue de la Iglesia o la que permanece en ella mediante relaciones vacías.

Küng ve en la inquietante ratificación que Francisco hizo de Müller, en la astuta redistribución de poderes que privó al mismo Müller de competencias en asuntos cruciales, y en el manejo sofisticado de algunas situaciones explícitas como los escándalos de codicia del obispo de Limburgo, de quien prescindió quirúrgicamente a pesar de las impúdicas y atrevidas anticipaciones de Müller y otros intocables de la rancia curia romana, motivos para una fundada esperanza.

Hay evidencias de que teólogos y grupos de cardenales trabajan en una revisión inteligente del ostracismo de una feligresía de tercera categoría que la Iglesia impuso a los divorciados en segundas nupcias. El palo no está para cucharas que prescindan de millones y millones de fieles en un mercado a la baja. 

Se sabe, también, de cosas más delicadas. Por ejemplo una relectura del padre Kleutgen, un desconcertante y oscuro personaje a quien el Santo Oficio condenó en 1862 por crímenes contra la fe y lo investigó por envenenamiento de una monja. Este sacerdote jesuita fue el autor del “magisterio” una doctrina inédita en las Escrituras y en la tradición antigua, que por cierto sirvió de base a la doctrina de la infalibilidad del Papa dispuesta por el Vaticano I.

De cualquier manera, Francisco necesitará de mucha ayuda. Ni él ni nadie puede en solitario asumir semejante tarea. Lo que está en juego es la institución papal y de la propia Iglesia. Tal vez se necesite un milagro. Uno más. Uno como aquellos que en La estrella de la redención, Franz Rosenzweig imaginaba no como interrupción arbitraria de las leyes de la naturaleza, sino como simples atributos y funciones de signo, es decir de coincidencias proféticas entre el anuncio y la ocurrencia. ¿Es Francisco el signo de los nuevos tiempos?

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