Lo que está en juego no es solo el futuro de Venezuela, sino el modelo mismo de reconstrucción de un Estado colapsado: si primero la economía o primero la democracia. Y esa respuesta, que hoy parece estarse diseñando fuera de sus fronteras, terminará definiendo si el país sale realmente del ciclo autoritario o simplemente lo confirma.
Aquí no hay nostalgia por la sustitución de importaciones. Por el contrario, persiste una advertencia clara: proteger industrias puede terminar aislándolas de cadenas globales y debilitando su competitividad.
Colombia no está para disputas de ego. Está para decisiones de altura. Duele verlo. Duele verlos atrincherados en sus egos, cuando el país necesita puentes y no trincheras.
Por eso votar no puede ser un acto de apatía: es decidir quién puede garantizar lo mínimo, que la gente recupere tranquilidad. Y por eso esta elección presidencial es tan importante: porque el presidente define la política de seguridad, marca la línea frente al crimen y tiene la responsabilidad de devolver el orden.
Defender la autonomía del Banco no implica negar el debate ni desconocer los costos de sus decisiones. Implica, más bien, entender que su rol no es complacer expectativas de corto plazo, sino evitar errores de largo alcance.