Es evidente que muchas tareas están siendo automatizadas, especialmente las repetitivas o altamente estandarizadas. Profesiones como el derecho, el diseño gráfico o el periodismo ya sienten la presión de herramientas capaces de redactar contratos básicos, generar imágenes o producir borradores de textos en segundos.
Cada aguacero anticipa una noticia triste. Uno sabe que mientras el agua cae, hay familias sacando lo poco que pueden, colegios cerrando y barrios incomunicados. No es dramatismo: es la realidad de un país con infraestructura frágil y prevención insuficiente.
Una votación cinco contra cuatro en una Sala que decide sobre libertad, penas y derechos fundamentales. ¿No debería una división tan cerrada significar duda? ¿Y no debería, ante la duda, privilegiarse la interpretación más favorable al procesado? La duda no se vence con aritmética: se resuelve a favor de la libertad.
En medio de este ruido ensordecedor, la Gran Consulta emerge no solo como una opción viable, sino como una herramienta democrática indispensable para rescatar la política como el arte de lo colectivo.
Pero hoy vuelvo al Senado porque la actual situación del país lo requiere. Colombia atraviesa por un momento muy difícil y hay que luchar para que el Senado se tome en serio su gran responsabilidad. Y vuelvo porque aún es posible hacer un trabajo honesto, con rigor, experiencia y coherencia al servicio del país.