El Heraldo
En la instalación del Congreso el 20 de julio, opositores posaron con cascos y la bandera de Colombia al revés.
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Política

La ley del Montes | La izquierda unida...

Después del 20 de julio la distancia entre los partidos y movimientos políticos de oposición es cada día más grande.  

La frustrada elección de Gustavo Bolívar como segundo vicepresidente del Senado evidenció una vez más las grandes fisuras que presentan los partidos y movimientos opositores al gobierno de Iván Duque para llegar a la Casa de Nariño el próximo año. A pesar de que la escogencia de Bolívar estaba “cantada”, puesto que hacía parte de los acuerdos celebrados al comienzo del cuatrienio del actual Congreso, su fracaso mostró lo difícil que está resultando poner de acuerdo a quienes aspiran a suceder a Duque en la Presidencia. ¿Qué pasó? ¿Por qué un asunto de mero trámite legislativo terminó agravando la división de los partidos y movimientos alternativos?

Los partidos opositores al gobierno –cualquiera que sea– tienen derecho a ocupar la Segunda Vicepresidencia del Senado. Así quedó contemplado en los acuerdos de La Habana. Por ello, al comenzar este cuatrienio esa dignidad la ocupó la senadora del Partido Verde Angélica Lozano. Luego le correspondió el turno a Alexander López, del Polo Democrático, y después a la hoy senadora Sandra Ramírez, viuda de Manuel Marulanda ‘Tirofijo’, jefe máximo de las desaparecidas Farc. Pero cuando se daba por descontada la llegada de Bolívar a ese cargo, su aspiración se frustró porque los partidos de oposición no se pusieron de acuerdo en su designación. A la hora de la votación, el senador de la Colombia Humana fue derrotado por el voto en blanco, que obtuvo 66 votos, mientras Bolívar solo sacó 32. A la postre –luego de repetir la votación, ante el hecho inédito del triunfo del voto en blanco– salió elegido el senador Iván Name, del Partido Verde, también opositor al gobierno. Es decir, la segunda vicepresidencia quedó en manos de un partido contrario al Gobierno.

Los congresistas de la Colombia Humana y quienes pertenecen al llamado Pacto Histórico, que respaldan la aspiración de Gustavo Petro a la Presidencia, responsabilizan del fracaso de Bolívar a la llamada Coalición de la Esperanza, concretamente al Partido Verde, en especial a la senadora Angélica Lozano, quien se ha opuesto a cualquier tipo de acercamientos al Pacto Histórico de Petro, convertido hoy por hoy en el más implacable y férreo opositor de Claudia López en la Alcaldía de Bogotá. El matrimonio López-Lozano considera que muchos de los ataques de Petro a la administración de Bogotá son tan injustificados como injustos.

Pero lo que ocurrió durante la instalación de la nueva legislatura el pasado 20 de julio es tan solo un botón de muestra de la profunda división que existe en los sectores alternativos del país y que se manifiesta todos los días en las redes sociales, convertidas hoy en día en un verdadero campo de batalla. El primer campanazo de esta guerra política se dio en septiembre pasado cuando el senador Jorge Enrique Robledo y el Moir decidieron romper cobijas con el sector del Polo Democrático que encabeza el senador Iván Cepeda. Luego de irse del Polo, Robledo y sus aliados políticos crearon el partido Dignidad, que avala su aspiración presidencial. Cepeda –por su parte– decidió armar rancho con el Pacto Histórico de Petro.

Pero al tiempo que llegaba Cepeda al Pacto Histórico partía la ex representante a la Cámara Ángela María Robledo, quien había sido formula vicepresidencial de Petro en las elecciones que perdieron con Duque en 2018. Al irse, Robledo manifestó que las mujeres tenían muy poco espacio en el Pacto Histórico.

Pero el fuego que había empezado en el Polo Democrático y que siguió en el Pacto Histórico terminó propagándose a la Alianza Verde, donde hoy existen posturas irreconciliables entre la senadora Angélica Lozano y la representante Juanita Goebertus y algunos de sus colegas encabezados por Inti Asprilla. ¿La razón? El nombre de Gustavo Petro. Las primeras consideran que el candidato de la Colombia Humana no tiene cabida en la Coalición de la Esperanza, mientras el segundo considera que no solo debe ser tenido en cuenta, sino que tiene que ser el aspirante de la gran coalición de la centro-izquierda a la Presidencia.

La confrontación de la izquierda democrática no solo está dejando víctimas tendidas en el campo de batalla, como Gustavo Bolívar, sino grandes heridas que serán muy difíciles de cicatrizar antes de mayo del próximo año, cuando se celebre la primera vuelta presidencial.

De manera que si bien es cierto aquello de que “la izquierda unida jamás será vencida”, no lo es menos que para poder vencer primero tiene que unirse. Y esa unión –al menos por ahora en Colombia– está lejos de producirse. ¿Qué le espera a la izquierda en el 2022?

La distancia entre los dos es cada día más grande

“Es más fácil poner a 200 micos de acuerdo para que posen para una foto que a todos los movimientos y partidos de izquierda en Colombia”. Con esta frase me respondió un senador liberal cuando le pregunté su opinión sobre las rupturas de la izquierda en el país. Sobre el distanciamiento actual hay que decir que si bien es cierto que todavía faltan varias etapas para definir los candidatos presidenciales del próximo año, todo lo que ocurra hoy tendrá repercusiones el próximo año. Uno de esos episodios fue la frustrada llegada de Gustavo Bolívar a la Segunda Vicepresidencia del Senado. El hecho terminó convirtiéndose en un asunto de honor.

La izquierda democrática (opositores al gobierno y antiuribistas confesos) tiene hoy dos grandes bloques: la Coalición de la Esperanza y el Pacto Histórico. En el primero de ellos están: Sergio Fajardo, Jorge Enrique Robledo, Angélica Lozano, Juanita Goebertus, Humberto De la Calle, Juan Fernando Cristo, Iván Marulanda, Ángela María Robledo y Juan Manuel Galán, entre otros. Dicha coalición tendrá un candidato o candidata presidencial.

En el Pacto Histórico están –entre otros– Gustavo Petro, Roy Barreras, Armando Benedetti, Gustavo Bolívar, Iván Cepeda y Francia Márquez, quien acaba de llegar. Ellos también están buscando mecanismos para escoger su candidato o candidata presidencial.

Hoy por hoy: ni aquellos quieren saber nada de estos, ni estos quieren saber nada de aquellos. Y como en el célebre corrido mexicano: la distancia entre los dos es cada día más grande.

Promover el irrespeto a los símbolos patrios tiene enorme costo político

El fracaso de Gustavo Bolívar en su deseo de ser segundo vicepresidente del Senado no solo obedeció a las profundas fisuras existentes entre los partidos y movimientos de oposición. Fue también producto de sus posturas radicales y abiertamente contrarias al respeto por las instituciones democráticas, en un país institucional y democrático.

Asumir la defensa de quienes atentan contra la integridad y la vida de miembros de la Fuerza Pública, como sucede con algunos integrantes de la llamada Primera Línea, varios de cuyos integrantes fueron recientemente capturados por orden de la Fiscalía General, siempre tendrá un enorme costo político.

Promover el irrespeto de símbolos patrios –como nuestra bandera nacional– y gritar consignas contra la Policía Nacional, durante la instalación de las sesiones del Congreso, genera rechazo en la gran mayoría de los colombianos y también de sus propios colegas.

No se trata de fomentar la impunidad de los crímenes perpetrados por uniformados, sino de respetar una institución centenaria integrada por cientos de miles de hombres y mujeres, la mayoría de ellos honestos y honorables.

No se puede pretender ocupar dignidades en aquellas instituciones que se desprecian. Punto. El fracaso de Bolívar fue también producto de sus propios errores.

Unos verdes muy biches

La senadora Angélica Lozano ha tenido que capotear el vendaval desatado contra la administración de Claudia López por parte de la Colombia Humana de Gustavo Petro.

El episodio del pasado 20 de julio fue tan solo uno más de una larga fila de “choque de poderes”. Uno de los primeros capítulos de la pelea lo escribió la propia Claudia López la noche que ganó la Alcaldía de Bogotá, cuando se refirió a Sergio Fajardo como “futuro presidente de Colombia”.

Semejante proclamación en la casa de Gustavo Petro, quien había perdido la Presidencia con Iván Duque, cayó como pedrada en ojo tuerto. Petro interpretó la frase de López como una declaración de guerra. Ahí empezó el huracán contra López, a quien graduó a partir de entonces con más énfasis como “peñalosista”.

Por cuenta de ello, López y Lozano empezaron a recibir fuego amigo sin piedad, encabezado por el representante Inti Asprilla, quien desde siempre ha sido más petrista que verde. Asprilla hace “antilopismo” y “propetrismo” desde las propias filas de la Alianza Verde. De hecho, promueve una consulta popular en marzo del próximo año para escoger al candidato presidencial.

Esa iniciativa va en contra de la que abandera Angélica Lozano, quien considera que el candidato verde debe salir de las filas de los verdes y no de una consulta abierta en la que Petro tiene todas las de ganar.

Ojo con las parlamentarias de marzo

El otro gran reto que espera a los sectores de la izquierda democrática y del que poco se habla, por andar concentrados en las presidenciales, tiene que ver con las elecciones parlamentarias de marzo.

No solo al uribismo le hará falta Álvaro Uribe para que arrastre votos. La izquierda no tendrá a Antanas Mockus, ni a Jorge Enrique Robledo, ni al propio Gustavo Petro, todos ellos verdaderos pesos pesados a la hora de buscar y conseguir votos.

Llama la atención que ninguno de ellos tiene hasta el momento una figura –hombre o mujer– con su misma capacidad de movilizar a los electores. Y esa tarea es fundamental, porque de nada sirve tener un presidente o presidenta si no cuenta con el respaldo mayoritario del Congreso.

Un Congreso aliado es fundamental para garantizar la gobernabilidad del presidente. Lo libera de pactos perversos con la clase política y le brinda autonomía a la hora de tomar decisiones, aún las más impopulares. Un Congreso aliado del Ejecutivo le ahorra al gobernante el desgaste que significa “ferrocarrilear” las iniciativas, con el riesgo que ello implica en materia de negociaciones burocráticas con los partidos y movimientos políticos.

Aunque un Congreso hostil garantizaría el control político al Ejecutivo, labor fundamental en todo sistema democrático, casi siempre significa para el gobernante tener que someter sus iniciativas al menudeo con quienes negocian su respaldo a cambio de puestos y contratos. Negociar gobernabilidad a cambio de “mermelada” es un pésimo negocio para cualquier gobernante, porque lo somete a un chantajeo constante y –sobre todo– sonante.

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