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García Márquez, Alejandro Obregón y Germán Vargas, 1983 en Barranquilla.
García Márquez, Alejandro Obregón y Germán Vargas, 1983 en Barranquilla.

Crónica

El Dominical | El papá grande de las letras colombianas

Germán Vargas Cantillo es autor de un importante aporte en la historia cultural colombiana del siglo XX. Sin él, ¿cuántas vocaciones se habrían ido al capiro?

El titulo es:El Dominical | El papá grande de las letras colombianas

Germán Vargas Cantillo es autor de un importante aporte en la historia cultural colombiana del siglo XX. Sin él, ¿cuántas vocaciones se habrían ido al capiro?

En un artículo poco conocido, Un artista y su grupo, publicado en El Universal de Cartagena el 30 de diciembre de 1948, en el que elogia la labor de Alejandro Obregón al frente de la Escuela Nacional de Bellas Artes, el poeta y pintor Héctor Rojas Herazo afirma que «se impone un reconocimiento de grupo, de generación, mejor dicho, a los jóvenes que laboran en Barranquilla por darle a la ciudad un puesto de vanguardia en la brigada de la inteligencia». 

Tras referirse, para refutarla, a la vieja y errónea imagen de esta ciudad ceñida de aguas y madurada al sol como «una vasta y alegre colmena bursátil», Rojas no solo destaca el tácito magisterio del dramaturgo catalán Ramón Vinyes sobre «el más interesante grupo de la nueva inteligencia colombiana» que, al compás de los tintos y las cocacolas, mastica «con deliciosa malignidad, suculentas chuletas de prójimo literario», sino que, asimismo, enumera sus integrantes –Alfonso Fuenmayor, Germán Vargas, Álvaro Cepeda y Bernardo Restrepo Maya– señalando que estos jóvenes, vacunados contra la lagartería y los tumores de «importantitis», están «creando sin proponérselo, un inquietante clima mental en el universo juvenil de Barranquilla cruzado de cláxones, de guayaberas, de turistas y de cinematógrafos». El artículo concluye celebrando el triunfo de Obregón como «un triunfo de ese grupo de Barranquilla».  

A la enumeración de Rojas habría que añadir dos nombres: el del maestro de dentro, José Félix Fuenmayor, y el de un joven cuentista entonces residente en Cartagena de Indias quien se incorporaría un año después para convertirse en el máximo representante del grupo: Gabriel García Márquez. El grupo se impuso, sin solemnidad y sin trascendentalismo (una columna de Germán de manera significativa se titulaba Nota intrascendente), la urgente labor de sincronizar las letras y los hábitos culturales nacionales con la hora contemporánea. Siguiendo el modelo vitalista de la Generación perdida estadounidense de Anderson, Faulkner, Hemingway, Saroyan, Caldwell, Dos Passos, Fitzgerald y Steinbeck, tomaron distancia del anacrónico culto de la hispanidad, el casticismo lingüístico, los modelos grecolatinos, la moral católica y el fervor patológico de la rancia retórica de los intelectuales andinos, las vacas sagradas del país oficial, ignoradas en el exterior, pero infladas a punta de periódico, con su cofradía sin sindéresis del bombo mutuo, y apoyándose en los valores populares del Caribe y en la cultura de masas (la música de los traganíqueles, el cine, los deportes y las tiras cómicas) emprendieron la renovación de la literatura colombiana encallada entonces, al parecer para siempre, en el pantano del costumbrismo trasnochado, el realismo decimonónico, la solemnidad y la pompa de la prosopopeya provinciana. 

Germán Vargas cumplió un papel fundamental en la historia cultural colombiana del siglo XX, tanto con sus textos en el campo de la investigación literaria (como lo testimonia su antología de la revista Voces), la divulgación y la valoración de nuestra literatura (dispersa aún en incontables periódicos y revistas de la capital y la provincia) como en sus cargos relacionados con la prensa hablada y escrita, las artes y la televisión. 

Germán Vargas cumplió un papel fundamental en la historia cultural colombiana del siglo XX

Quizá una de las más acertadas caracterizaciones de su trayectoria intelectual sea la de su amigo Alfonso Fuenmayor quien, apoyándose en la conferencia El lector de novelas de Alberto Thibaudet (admirablemente traducida por el propio Alfonso en 1945 para la Revista de las Indias) afirmó que Vargas era una mezcla de lector y leedor. Excelente lector, fue más allá del placer individual y con toda la humildad y la generosidad aliadas, produjo el feedback que autentica la comunicación, sin limitarse a certificar la apertura del canal que invita a proseguir el diálogo, sino atreviéndose también a emitir juicios críticos tan certeros que contribuyeron a replantear el canon de nuestras letras y a postular la existencia de una tradición, una continuidad literaria que liga al pasado con el porvenir al que prepara y garantiza. Los autores a quienes Vargas le apostó, el viejo Fuenmayor, García Herreros, Cepeda Samudio, Rojas Herazo, García Márquez, Marvel Moreno, Burgos Cantor y Ramón Bacca, para limitarnos al Caribe, mantienen su vigencia en nuestros días. En este sentido, cabe recordar su ensayo ‹García Márquez. Autor de una obra que hará ruido› de 1966, es decir, antes de que se editara Cien años de soledad, en el que mostró su ojo clarividente para el juicio literario al prever el triunfo de la novela, lo que contrasta con la respuesta de los críticos consagrados de la época –Fernando Garavito, Eduardo Gómez, Isaías Gamboa, Fernando Soto Aparicio y Agustín Rodríguez Garavito– quienes intentaron desde su aparición lapidarla y redactar el epitafio.

En Germán, el voluptuoso placer del vicio impune de la lectura, esa forma infalible de la felicidad, se complementa con el don para razonar sus lecturas, su poder de síntesis, sus interpretaciones certeras, su buen gusto y su escritura precisa, clara y sobria para hablar de ellas, sin perder la espontaneidad, con el tono cordial de la conversación, vacunado de por vida contra la pesadez de concreto armado de la pedantería. Ese ejercicio del criterio que los franceses adelantaban en la mesa del café o los ingleses en el club, esa  combinación de ocio y de gusto, lo practicaba Germán sentado en el trono de su mecedora, con la compañía de sus anteojos y sus pielrojas rompe pechos, en el apartamento de Los Laureles, desde el cual se veía la luz del mar Caribe y la niebla de las cumbres de la Sierra Nevada de Santa Marta.

La literatura es un acto de comunicación, una botella de náufrago lanzada al océano pérfido, una ventanita (como la de Juan Pablo Castel) al mar: si no hay destinatario alguno, nos jodimos. Germán ejerció ese oficio alentador de situarse en el otro extremo del proceso y decirle al autor «tu mensaje no se extravió, llegó a un destino legítimo, sigue adelante». Un papel similar al que desarrollaron en Barranquilla Meira Delmar y Ramón Illán Bacca, solo que Germán lo hizo a escala nacional. 

Sin Germán, ¿cuántas vocaciones se habrían ido al capiro? Hombre de brazos abiertos, recibía manuscritos de poemas, libros de cuentos y novelas y no solo los leía, sino que, si lo entusiasmaban, les buscaba editor y los comentaba estimulándolos a continuar la solitaria, ingrata y feliz tarea de la escritura. Siempre con el talante del hombre del Caribe, con su sana ironía y el indeclinable buen humor del mamador de gallo que nunca se tomaba en serio y sabía disimular la sabiduría con el capuchón carnavalero de la jocosidad.

Su incesante generosidad lo fue convirtiendo en mentor de varias generaciones de intelectuales colombianos y extranjeros, en especial de los colombianistas norteamericanos (R. Williams, J. Tittler y S. Menton) a quienes enriqueció con sus referencias y anécdotas de la vida literaria colombiana y del proceso creador de las principales obras.  Su biblioteca, la más completa de las letras nacionales, con más de 3.000 libros en primeras ediciones y casi todos dedicados por los autores, tuvo el tino de venderla a una universidad norteamericana para de esa manera seguir ampliando el radio de acción de su labor divulgadora. 

Jurado en numerosos concursos nacionales e internacionales, la suya fue una vida dedicada a los libros. Según Héctor Abad era, ante todo, «un lector insaciable, empedernido, desde los clásicos hasta la literatura moderna europea y panamericana, pero sobre todo con una cariñosa atención a los jóvenes escritores colombianos», y durante cuarenta años fue el primer lector de las obras de García Márquez. Según R. Williams «fue la persona más generosa que he conocido… Sin él, Colombia sería mucho menos de lo que es; sin él, todos los que lo hemos conocido seríamos menos de los que somos». El acertado remoquete de el Papá Grande de la literatura colombiana retrata con precisión a quien fue una de esas figuras de la vida literaria, que a la manera de puentes sobre abismos, ventilan y dinamizan la literatura, facilitan la circulación de las obras y los contactos entre los autores, y animan el desarrollo pleno de su vocación recomendándoles lecturas y facilitándoles el acceso a la edición.

De seguro, el mejor homenaje a la memoria de Germán Vargas sería, por una parte, una cuidadosa compilación y selección de sus notas, comentarios, columnas, prólogos, crónicas, entrevistas, reportajes y semblanzas, dispersos en publicaciones colombianas y foráneas y, por otra, sacar de los depósitos santafereños a la luz, la maravillosa biblioteca del maestro, en la que se conservan las ediciones originales de los autores extranjeros que leyeron en sus años de formación escritores tan importantes para la historia de nuestra literatura como José Félix Fuenmayor, Álvaro Cepeda y Gabriel García Márquez.

Su temperamento conciliador, diplomático, la sobriedad de su palabra reposada, incapaz de pelear o de ofender a nadie ha dejado un gran vacío en un medio a veces tan antropofágico como el de las letras colombianas. ¿Cuántos Germán Vargas se necesitarían para que nuestro país –tan incendiario y cabalmente caníbal– deje de desangrarse en disputas pueriles y facciosas que nunca apuntan a un proyecto común?

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