El Heraldo
Editorial

Una historia de terror

La historia del periodista saudí Jamal Khashoggi, muerto el 2 de octubre pasado en el consulado de su país en Estambul (Turquía), ha desatado una gran agitación internacional, no solo por la brutalidad con la que se habría producido el asesinato, sino por las repercusiones que el hecho podría tener en el escenario político mundial.

La monarquía autocrática de Arabia Saudí, con el príncipe Mohammed bin Salman a la cabeza, se encuentra en el ojo del huracán por la responsabilidad que, según todos los indicios, ha tenido en este brutal episodio.

Después de aportar durante dos semanas versiones contradictorias sobre el suceso, voceros saudíes ofrecieron el relato supuestamente definitivo: que 15 agentes saudíes viajaron a Estambul por instrucciones del subdirector de Inteligencia del país, general Ahmed al-Assiri, para detener a Khashoggi; pero en la operación se produjo una refriega y el periodista resultó abatido.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, calificó de “gran paso” la explicación, reacción que solo se puede entender por la simpatía del mandatario hacia el príncipe Salman y –quizá lo más importante– por los fabulosos negocios petroleros y armamentísticos que ofrece el reino asiático al empresariado de EEUU.

Pero, salvo Trump, nadie se ha tomado en serio la narración saudí. Alemania ha pedido a la Unión Europea que suspenda la venta de armas a Arabia Saudí como medida de presión hasta que asuma responsabilidades.

En un intento por mostrar resultados, la monarquía ha arrestado a los agentes que protagonizaron el caso y destituido al general Al-Assiri. No hay que ser un lince para deducir que se trata de una operación de maquillaje para exonerar de culpa al príncipe Salman, que pretende presentarse ante el mundo –sin demasiado éxito– como un líder modernizador.

Khashoggi, que residía en EEUU, se había vuelto incómodo para la monarquía de su país, cuyos atropellos a los derechos humanos y corrupción denunciaba con tesón en su columna en The Washington Post.

Según un funcionario árabe, no murió en medio de una pelea, sino torturado y descuartizado mientras aún estaba vivo. Su cuerpo habría sido troceado y sacado de la embajada en unos maletines.

Lo último que se ha sabido de esta macabra historia es que los conspiradores llevaron a la embajada un doble de Khashoggi,  quien, tras el asesinato, se puso las ropas de la víctima y abandonó la legación diplomática para que se creyera que Khashoggi había salido con vida.

Demasiado siniestro todo. Y lo más desolador es que, al final, como en tantos incidentes del pasado, la monarquía saudí saldrá ilesa. Salvo sorpresas, una vez más triunfará la realpolitik.

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