La muerte del general Qasem Soleimani, ordenada directamente por el presidente Trump, no solo profundiza la ya tensa relación entre Teherán y Washington, sino que enciende las alertas en toda la región ante la posibilidad de una escalada de violencia.

Al parecer, la operación con drones que terminó con la muerte de Soleimani fue una retaliación por los ataques contra bases militares que albergan soldados estadounidenses, e incluso contra la misma embajada en Bagdad. Sin embargo, la naturaleza de la ofensiva –planificada desde hace tiempo– y las declaraciones de portavoces y analistas sugieren que la reacción ante la amenaza a la seguridad de personal militar y diplomático norteamericano en la zona es solo un pretexto.

La figura del general, quien verdaderamente encabezaba la política exterior iraní en asuntos de seguridad estratégica, se había convertido en una amenaza por su creciente influencia en la región, sobre todo entre facciones chiítas pro Siria, incluso a pesar de ser uno de los principales responsables de la lucha suní y de la casi total aniquilación de Isis.

Como era obvio, las reacciones en contra de la operación norteamericana no se han hecho esperar. Gobiernos de países aliados y portavoces de organizaciones civiles y armadas han condenado el hecho, a la vez que exigen y prometen venganzas ejemplarizantes, una reacción esperada pero que no deja de teñir de preocupación la agenda política y militar de Medio Oriente. En ese sentido, resulta sensato el llamado a la calma de algunos países europeos, los más importantes de ellos en su calidad de aliados principales de los dos países en disputa.

No es probable que, como lo afirman algunos contradictores políticos de Trump, el operativo del aeropuerto de Bagdad tenga implicaciones políticas, derivadas del inminente proceso de impeachment en su contra y de las elecciones venideras. No obstante, no se puede descartar que la orden de eliminar al general iraní justo en este momento tenga un componente distractor que pretenda alejar la atención de la opinión pública estadounidense de los delicados asuntos internos que afectan a su presidente.

Una vez más, ante los ojos sorprendidos de propios y extraños, el presidente Trump ha logrado, con una sola orden, poner en riesgo la seguridad mundial por cuenta de sus métodos de presión a los gobiernos no afines con sus principios. Este modus operandi, arriesgado y pendenciero, no contribuirá a causas tan deseables como la concreción del desescalamiento nuclear, la estabilización de los precios del petróleo, la consolidación de la confianza entre occidente, China y Rusia, entre otros tópicos de los cuales depende el futuro inmediato de gran parte del planeta.

La comunidad internacional aguardará con atención el desarrollo de estos acontecimientos y las decisiones que sobre ellos tomen los principales líderes involucrados. No sería bueno para nadie que la eliminación de un solo objetivo militar, por muy estratégico que sea, termine por fortalecer a los grupos y las causas que desde el Medio Oriente atizan las conductas del terrorismo, la segregación, la intolerancia y la violencia.