Llegó la hora de la verdad. Más de 36,7 millones de colombianos tendrán hoy la posibilidad de definir la conformación de las cámaras legislativas de la República para los próximos cuatro años. Y, con ello, orientar el destino del país para las próximas generaciones.

Para ejercer tal poder de decisión no necesitan cumplir más que unos cuantos requisitos elementales, gracias a que ese admirable invento humano llamado democracia impuso, después de muchos tumbos, el principio igualador de ‘un ciudadano, un voto’.

El reto que tienen las sociedades democráticas es lograr que ese derecho sea utilizado por la totalidad, o al menos la inmensa mayoría, de los ciudadanos. Lamentablemente, muchos países están lejos de lograr ese objetivo.

En Estados Unidos, reconocido modelo de democracia avanzada, no deja de sorprender que, en las últimas y cruciales elecciones presidenciales, que dieron la victoria a Trump, apenas votó algo más de la mitad de las personas habilitadas para hacerlo. En Colombia, el abstencionismo en los comicios de los últimos años ha rozado de media el 60%, cifra que aumenta considerablemente en algunos departamentos de la Región Caribe.

En las elecciones de hoy se elegirá a los 107 senadores y 171 representantes que tendrán en sus manos, entre otras funciones, la tramitación de leyes que impactarán –unas con más intensidad que otras– en nuestras vidas cotidianas. También, si cumplen a cabalidad su misión constitucional, deberán servir como órgano de control al Gobierno para garantizar ese equilibrio ideal de poderes que concibió hace más de dos siglos Montesquieu.

Esta cita con las urnas adquiere una trascendencia especial, si cabe, por el hecho de que se celebran en paralelo dos consultas en las que se definirán los nombres de dos candidatos clave para las próximas elecciones presidenciales, los cuales prometen ser cruciales para el futuro del país.

La jornada electoral de constituirá, pues, una magnífica oportunidad para que los ciudadanos –sobre todo aquellos que tradicionalmente se quedan en casa por apatía o desencanto– acudan a las urnas y exhiban en libertad y sin coacciones el formidable poder de decisión que les otorga la democracia.

Por lo demás, confiamos en que los comicios se desarrollen en paz, sin las perversas interferencias que en otras épocas han practicado grupos violentos para amedrentar a los votantes.

Y, por supuesto, esperamos que el Congreso que surja de las urnas esté a la altura de las complejas circunstancias, domésticas y externas, que afronta nuestro país.