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El Editorial | Quien olvida de dónde viene...

Desconocer el valor de la historia, representada en edificaciones y monumentos, como los vandalizados y derribados en el curso de las protestas en el país, es perder el norte de lo que como nación queremos para el futuro.

Ya son varias las estatuas y monumentos que han venido cayendo en el país a manos de encapuchados, en algunos casos, y de manifestantes, en otros,  en desarrollo del paro nacional. La escena de esta película se repitió en Bogotá, Cali, Neiva, Popayán, Manizales, Pasto y ahora en Barranquilla.

El pasado lunes, un grupo de personas que recorrió con su marcha varios sectores de la ciudad derribó y vandalizó la estatua de Cristóbal Colón ubicada en la calle 56 entre carreras 47 y 50, frente a la iglesia El Carmen.

El monumento fue donado en 1892 por la colonia italiana a la capital atlanticense para conmemorar, en su momento, los 400 años del descubrimiento de América.

Sin embargo, 130 años después, tanto la simbología como el contexto para dar  lectura a esta pieza de mármol han cambiado, y el ejercicio de apreciarla debe pasar por el entendimiento de que, así como es un remanente de aquella época de la colonia y del comienzo de la dolorosa época de la esclavitud, esas mismas razones la convierten en una obra que no solo pesa por el fino material en que está hecha, sino por su incalculable valor artístico e histórico.

El Cristóbal Colón de Barranquilla estuvo ahí cuando la ciudad fue escenario del primer vuelo en el país, que sucedió en 1912;  también presenció la creación de las primeras empresas públicas de Colombia, en 1925;  escuchó en silencio la primera emisión de  la radio comercial en la nación, en 1929; vio arribar un barco en la inauguración del primer puerto marítimo y fluvial, en Tajamares de Bocas de Ceniza, en 1936, y vio la luz de la primera zona franca que se fundó en 1964.

De ahí en adelante sobran momentos históricos para recordar y razones para resguardar a la estatua, cuya cabeza fue arrastrada sin el más mínimo atisbo de remordimiento o respeto.

En segundos, no solo se destruyó más de un siglo de información, sino también décadas de construcción de memoria en la ciudad, y con ello también quedó en evidencia  la falta de una cultura ciudadana que respete sus espacios, sus plazas, sus parques y sus monumentos como parte del legado que recibirán los más jóvenes.

A lo anterior se debe sumar lo mucho que se debe hacer para restaurar una pieza como estas, que no en vano ha sobrevivido tanto tiempo a los embates del clima y ahora a la indiferencia de unos pocos desconocedores de su importancia para la región.

El Cristóbal Colón deberá pasar por un largo proceso antes de volver a erigirse, casi igual de largo al que deberán vivir aquellos que lo destruyeron para concientizarse de lo mucho que perdió la ciudad con su vandalización.

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