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El Editorial | ¿Por qué nos matan?

Tres asesinatos de mujeres en menos de 72 horas en el Atlántico causan zozobra en los sectores donde ocurrieron y exigen de las autoridades resultados contundentes en las investigaciones para identificar responsables y móviles.

La niña de 5 años, que murió tras recibir un disparo en el cuello durante un atentado, el jueves, en el barrio Vista Hermosa, de Soledad, se convirtió en la trigésima quinta mujer en ser asesinada en el Atlántico en lo corrido de 2020.

Horas antes, María Alejandra Alvarado, de 22 años, fue baleada en el barrio Villa Esperanza de Malambo. El crimen de esta madre de familia, perpetrado por dos sujetos que se desplazaban en una moto, se sumó al homicidio de Madeleine Montes, de 48 años, registrado el martes en otro ataque perpetrado por sicarios motorizados en el estadero Black & White de Baranoa, que era de su propiedad. En este caso, la corporación Caribe Afirmativo pidió a la Fiscalía tener en cuenta la orientación sexual de la víctima.

Tres asesinatos de mujeres en menos de 72 horas. Hechos lamentables que enlutan a sus familias, causan zozobra en los sectores donde ocurren, y exigen de las autoridades resultados contundentes en las investigaciones para establecer la identidad de los responsables y sus móviles. Lo peor que podría suceder es que estos crímenes quedaran en la impunidad porque no solo se vulnerarían los derechos de las víctimas, sino que los asesinos de mujeres se sentirían ‘protegidos o favorecidos’ ante la falta de una condena ejemplar. Por no hablar de la percepción de una creciente inseguridad en las zonas impactadas y un descrédito adicional para el sistema de justicia.

Los crímenes de Madeleine, María Alejandra y la menor de 5 años están precedidos por un vergonzoso e infame registro de homicidios de mujeres en Barranquilla y en municipios durante los últimos 25 días. Mujeres que encontraron la muerte de la manera más miserable: Kelly vendía minutos en su casa de Soledad, una adolescente de 16 años embarazada recibió un disparo durante un intento de atraco en su vivienda, Cielo viajaba a su casa en un bus, Katiuska fue apuñalada por el padre de su hija, y Bibiana, muerta de manera violenta en su hogar en un confuso episodio que no se descarta sea un feminicidio.

¿Qué clase de sociedad mata a sus mujeres y no se sacude con estos crímenes? ¿Por qué no se escuchan voces desde distintos sectores que denuncien los asesinatos y demanden celeridad en las investigaciones, así como sanciones implacables para los victimarios? ¿Por qué los crímenes de mujeres, entre ellos los de menores de edad, no son objeto de movilizaciones, marchas, plantones y otras formas de protesta como respuesta a la indignación que provocan?

Naturalizar el asesinato de mujeres, o lo que es más inhumano, justificarlo por su condición de género, orientación sexual, nivel económico, profesión u oficio, entre muchos otros insensatos argumentos, es intolerable. Causa estupor comprobar cómo existe un silencio abrumador en entidades oficiales de Barranquilla y el departamento frente a esta escalada de crímenes de mujeres. Velar por su seguridad y protección, garantizar su derecho a una vida libre de violencias o impulsar su empoderamiento económico para promover inclusión y reducir inequidad son tareas importantes que reconocen la dignidad de las mujeres.

Sin embargo, sus crímenes no pueden quedar relegados en los contenidos judiciales de medios de comunicación. Tienen que visibilizarse, trascender y convertirse en un clamor de repudio, que, a nivel institucional y entre los ciudadanos, se replique una y otra vez mediante mensajes de rechazo que despierten conciencia social para que cada persona entienda que son hechos atroces que jamás deben repetirse. Eso no está ocurriendo y debe cambiar.

Los asesinatos de mujeres son un motivo de vergüenza para nuestra sociedad y una barrera para el desarrollo en todas las instancias. Tienen una dimensión política que ningún dirigente debería descuidar en su compromiso de trabajar por promover transformaciones profundas en la vida diaria de las mujeres que rompan los paradigmas de poder y control que tanto nos asfixian por la brutal desigualdad en la que vivimos.

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