Editorial

La caída de los ‘frutos del Carnaval’

Barranquilla registró un descenso en los nacimientos de 2021, una caída consecuente con lo ocurrido en años anteriores. Pero, esta vez la mayor disminución se dio en octubre y noviembre por la cancelación del Carnaval. Envejecemos, sin duda, ¿estamos preparados para sus efectos?

Aunque se había pronosticado un ´baby boom’ o aumento de los embarazos debido a los prolongados periodos de confinamiento, Barranquilla registró un menor número de nacimientos durante 2021. También sucedió en el resto de las principales ciudades de Colombia y del mundo. Entre las razones, se encuentran la acelerada transición demográfica nacional, consecuencia directa de patrones de desarrollo socioeconómico modernos, y en nuestro caso particular, aparece la cancelación del Carnaval en febrero del año anterior por los impactos sanitarios de la pandemia de covid-19.

No es un chiste, ni una exageración. Un estudio de la Secretaría de Planeación Distrital nos confirma lo que ya sabíamos: el sentido del exitoso tema musical del maestro Cuco Valoy, ‘Los frutos del Carnaval’, es rigurosamente cierto. Las estadísticas no mienten. En 2021, nacieron 19.993 bebés en Barranquilla, una reducción de 10,5 % frente al dato de 2019. En total, se calcula que son 2.100 nacimientos menos, de los cuales 741 corresponden a menores que debían venir al mundo entre octubre y noviembre, tras ser concebidos durante los meses de enero y febrero, mientras se realizan las celebraciones del pre y el Carnaval.

La cancelación de las festividades, el año pasado, modificó el comportamiento estacional de los nacimientos, provocando una caída de hasta el 22 % en los índices diarios, comparados con el mismo periodo prepandemia (octubre-noviembre de 2019), cuando nacieron en promedio 71 bebés cada jornada. No está de más señalar, para darle dimensión al ‘efecto fiestas de Carnaval’, que en otros meses del año, entre 2014 y 2019, nacieron diariamente 60 niños en la ciudad. Lo dicho, los frutos del Carnaval. Positivo, por donde se mire, la reducción en los últimos tres años de los embarazos adolescentes, que debe ser una constante.

El análisis liderado por el secretario Juan Manuel Alvarado no dejaría de ser algo anecdótico, si no encerrara una problemática de enorme calado social y económico asociada al futuro de todos. Por un lado, la caída global de la fecundidad, tendencia también identificada en Barranquilla desde hace años y acentuada en los últimos dos durante la emergencia sanitaria, es el resultado de la puesta en marcha de planes de salud, estrategias educativas en materia de derechos sexuales y reproductivos, fecundidad deseada e inserción de las mujeres en el sistema educativo y en el mercado laboral. Hechos positivos u avances sustanciales que, sin embargo, causan un impacto en la demografía nacional y local.

Por otro lado, nuestros jóvenes, como ocurre en las economías más desarrolladas, tienen percepciones propias sobre la familia, los hijos, las relaciones o el matrimonio. Respetables todas, pero de igual manera producen un efecto en los índices demográficos, en especial en el descenso de la fecundidad y aumento del envejecimiento. En otras palabras, sin suficientes nacimientos que aseguren una tasa de reemplazo o renovación poblacional óptima –que es de 2,1 hijos por mujer–tendremos menos niños y jóvenes en formación, adultos en edad productiva y eso sí, muchas más personas mayores. ¿Qué futuro nos espera?

Las consecuencias de este desajuste empiezan a ser evidentes. Primero, la fuerza laboral se verá afectada a futuro, en la medida en que envejezca, sobre todo, en labores que demandan esfuerzo físico. Ahora somos un país de gente joven que, desafortunadamente, no está aprovechando su cuarto de hora para generar mayor productividad y dinamismo de la economía, en virtud de su actual bono demográfico que no durará para siempre. Segundo, las dificultades del sistema de pensiones se agudizarán con un incremento en el gasto público debido al alto número de adultos mayores sin protección, como resultado de la elevada informalidad del mercado. Y tercero, habrá una creciente presión en los servicios de salud que demandará más recursos. La migración es una opción, pero también plantea demandas sociales precisas.

Esta preocupante transición de población productiva a una en edad de jubilación es un debate prioritario, pero el país no lo está dando. Así no lo reconozcamos, envejecemos. Fomentar políticas de natalidad responsable es un desafío enorme que no debe ir en detrimento del empoderamiento educativo y laboral de las mujeres. Está claro que los incentivos o estímulos tienen poco éxito. Por tanto, no será fácil encontrar el equilibrio demográfico en una nación con tantas carencias como la nuestra.    

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