Hay luto en la música colombiana. La muerte de Sonia Bazanta Vides, la inmensa Totó la Momposina, deja un vacío imposible de llenar en la memoria cultural del país y en el corazón de quienes entendieron, gracias a ella, que nuestro Caribe también podía dialogar de tú a tú con los grandes escenarios del mundo. No se trata únicamente de la desaparición de una artista excepcional, que sin duda lo era, sino de la partida de una mujer, una maestra como pocas, que supo convertir la tradición oral de los pueblos ribereños del Magdalena en patrimonio universal, sin despojarla jamás de su esencia popular ni de sus raíces ancestrales.
Nacida en Talaigua Nuevo, Bolívar, Totó llevó la cumbia, el bullerengue, el mapalé y el porro a territorios donde esos ritmos eran totalmente desconocidos, pero en los que terminaron siendo admirados con profunda reverencia. Lo hizo desde la auEl mundo de Turcios Desde que inició su carrera profesional en 1964, asumió una misión que jamás abandonó: reivindicar las raíces afrocolombianas e indígenas como parte esententicidad, sin artificios ni concesiones comerciales. Su propuesta jamás pretendió ‘exotizar’ el Caribe para agradar al extranjero; por el contrario, con su carismática naturaleza defendió con orgullo los sonidos de esta tierra y logró que públicos tan exigentes como los europeos comprendieran la enormidad cultural de nuestra música nacida entre tambores, gaitas, río y pura resistencia.
Nacida en Talaigua Nuevo, Bolívar, Totó llevó la cumbia, el bullerengue, el mapalé y el porro a territorios donde esos ritmos eran totalmente desconocidos, pero en los que terminaron siendo admirados con profunda reverencia. Lo hizo desde la autenticidad, sin artificios ni concesiones comerciales. Su propuesta jamás pretendió ‘exotizar’ el Caribe para agradar al extranjero; por el contrario, con su carismática naturaleza defendió con orgullo los sonidos de esta tierra y logró que públicos tan exigentes como los europeos comprendieran la enormidad cultural de nuestra música nacida entre tambores, gaitas, río y pura resistencia.
La grandeza de Totó también residía en su rigor. Aunque provenía de una tradición empírica y familiar profundamente arraigada en su ser, asumió que preservar el folclor le exigía estudiarlo, documentarlo y dignificarlo. Por eso decidió formarse en el conservatorio de la Universidad Nacional de Colombia y amplió sus conocimientos en La Sorbona de París, convencida de que la academia también podía ser aliada de la tradición. Esa combinación entre sabiduría popular y disciplina artística la elevó al estatus de gran maestra del folclor.
Desde que inició su carrera profesional en 1964, asumió una misión que jamás abandonó: reivindicar las raíces afrocolombianas e indígenas como parte esencial de la identidad nacional. Lo consiguió interpretando esos himnos eternos, como La Candela Viva, El Pescador y Yo me llamo Cumbia, obras que hoy forman parte del ADN sonoro de Colombia.
Su dimensión internacional quedó sellada cuando el músico británico Peter Gabriel la incorporó al sello Real World Records, desde donde proyectó al mundo entero la riqueza musical del Caribe. Pero quizá uno de los momentos más simbólicos de su trayectoria ocurrió en 1982, cuando acompañó a Gabriel García Márquez en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura. Aquella noche, los tambores y las cumbias irrumpieron en Estocolmo para recordarle al mundo que Colombia era una nación de cultura y sonoridad.
Totó no solo deslumbraba por su voz, también por su baile y rotunda presencia escénica. Con el tiempo empezó a ser respaldada por su hijo, el percusionista Marco Vinicio Oyaga Bazanta, quien es su gran heredero, además como el líder de la agrupación folclórica ‘Los Tambores de Totó’, la quinta generación musical de su familia, a la que deseamos larga vida.
Se marcha Totó, a sus 85 años, pero queda su canto poderoso, su dignidad artística e inmenso legado. Pocas figuras han defendido con tanta convicción la identidad cultural de un país entero. Su leyenda obliga ahora a las nuevas generaciones a entender que el folclor no es cosa del pasado, sino que constituye una memoria viva, presente, que merece ser protegida, estudiada y celebrada a diario en cada rincón de Colombia. Porque mientras siga sonando una tambora, la candela de Totó la Momposina jamás se apagará. ¡No señor…!







