En las calles de Irán, millones están luchando hoy para ponerle fin a una fractura histórica.
Lo que comenzó, a finales de 2025, como un estallido de indignación social en el Gran Bazar de Teherán se ha convertido —con el paso de los días— en la más masiva movilización nacional que se recuerde, desde la instauración de la República Islámica en 1979. Ni dentro ni fuera de las fronteras iraníes, las causas de este levantamiento popular son desconocidas.
De un lado, aparece el colapso económico de la nación islámica, acosada por una galopante pobreza, la devaluación de la moneda, la inflación crónica, el alto desempleo y la falta de oportunidades de progreso para los jóvenes. Y, por el otro, está el desprecio absoluto por los derechos humanos, retratado en la asfixia cotidiana que padecen las mujeres, rehenes de un anquilosado sistema de control religioso que las persigue y ataca, cuando no las mata.
Siguiendo su previsible guion, la respuesta del régimen de los ayatolás ha sido una brutal represión. Incluso peor que cuando sofocaron con letal violencia la oleada de protestas que desató el crimen de la joven Mahsa Amini en 2022. Irán se encuentra a oscuras, con un apagón informativo casi total, Internet suspendido, redes sociales silenciadas y medios amordazados, para impedir que el anhelo de libertad de la gente siga creciendo por doquier.
Las denuncias de organizaciones de derechos humanos y de la prensa internacional hablan de una masacre de dimensiones alarmantes, con cifras que oscilan entre los 2 mil y 12 mil muertos. Aunque el cerco informativo impide al mundo verificar con precisión el alcance de la desmedida violencia contra los manifestantes, a quienes les disparan con armas de guerra, las pocas imágenes que se filtran revelan un método inequívoco: el régimen emplea la fuerza extrema de sus cuerpos de seguridad, uno de ellos, la Guardia Revolucionaria, para intentar sostener un supuesto orden que ya no tiene cómo legitimar. Sobre todo, porque ha sido incapaz de dar respuesta a las legítimas demandas de libertades básicas y reformas económicas reales que en los últimos años le han reclamado sus desesperados ciudadanos.
La Irán de 2026 es una sociedad joven, urbana, conectada culturalmente con el mundo, pero aprisionada por un régimen opresivo, corrupto e ineficiente que hundió su economía. Más inaceptable aún que mientras 90 millones de iraníes soporten carencias de todo tipo, la élite gobernante del país, que se regodea en una opulencia impúdica, les exija austeridad, no sin antes imponerles cargas fiscales impagables. Imposible más frustración y hartazgo que profundizan la brecha entre el régimen y una sociedad que dejó de reconocerse en él.
En todo caso, Teherán no es un actor cualquiera, sino una potencia nuclear, cuyo programa atómico continúa siendo una de las piezas más sensibles e inciertas del tablero geopolítico global. Sin ambages, es un factor de riesgo en un contexto internacional ya sobrecargado de conflictos. Hace una década, el acuerdo de Viena ofreció una vía de contención y diálogo, bajo el impulso del presidente Barack Obama. Hoy, ese marco está roto y el mundo es otro.
El regreso de Trump a la escena internacional, con sus imposiciones unilaterales que están reconfigurando el sistema de gobernanza global, refuerza la urgencia de un giro estratégico. Es de suponer que Irán está debilitado tras los bombardeos de EE. UU. a sus instalaciones nucleares en 2025 y por las derrotas de sus principales aliados regionales, Hamás y Hizbulá.
Y aunque el momento histórico sea distinto, el régimen no dará su brazo a torcer fácilmente. Eso sí, si persiste en su atroz plan de ejecuciones de manifestantes, Trump amenaza con lanzar una operación militar en su contra. ¿Cómo, cuándo, dónde o en pos de qué? ¿Acaso una carambola de tres bandas que también alcance a sus rivales estratégicos: China y Rusia?
El tiempo corre. Lo de Irán es más que una protesta contra la escasez, las injusticias sociales o la intolerable represión; es el legítimo deseo de una generación que pide ser tenida en cuenta. La comunidad internacional no debería hacerse la de los oídos sordos, como casi siempre. Respaldar el derecho de los iraníes a vivir en libertad, a exigir el fin de la violencia que los aniquila no es injerencia, es un imperativo moral. El futuro del país —y una parte del equilibrio global— está en juego, entre la tozudez de un régimen anclado en el pasado, que se resiste a la apertura política, y la determinación de un pueblo que ya perdió el miedo.







