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Se acabó la espera. El fenómeno de El Niño llegó finalmente a Colombia, de acuerdo con la confirmación que hizo el Ideam hace justo una semana. Los escépticos e incluso negacionistas de eventos meteorológicos o sucesos climáticos extremos lo consideran un timo porque la declaratoria oficial coincide con un pico de lluvias, en especial sobre la Costa Caribe y la región Andina, lo cual no deja de ser paradójico. Así que vale subrayar que la presencia de ciclones tropicales es la que ha venido generando las fuertes precipitaciones que, en todo caso, se ubican por debajo del promedio histórico, mientras las temperaturas continúan en constante ascenso.
De modo que no tenemos por qué equivocarnos. Las señales reportadas por la autoridad meteorológica son claras: la anomalía en la temperatura del océano Pacífico, que no es otra cosa que su calentamiento, completa cinco trimestres móviles continuos, con lo que las condiciones de El Niño han madurado lo suficiente para anunciar su inicio formal. Además, con certezas.
La primera, que el fenómeno se extenderá hasta mayo de 2024, al menos. La segunda, que los meses de noviembre, diciembre y enero serán los que tendrán mayor intensidad o, en otras palabras, en los que su impacto se sentirá de una manera mucho más fuerte reflejada en altas temperaturas y lluvias deficitarias. Y la tercera, que existe una probabilidad entre el 75 % y el 85 % de que sea fuerte. Ahora sí tenemos que ser conscientes de todo lo que El Niño traerá debajo del brazo, porque queda la sensación de que no estamos bien preparados para enfrentarlo.
Basta echar un vistazo a los más recientes episodios del fenómeno para dimensionar los riesgos que amenazan a las regiones más vulnerables del país, como los departamentos del Caribe, expuestas a sufrir algún grado de desabastecimiento del recurso hídrico, afectaciones por sequía e incendios forestales. De todo lo que ahora se haga dependerá que los efectos no sean tan devastadores como los documentados en ‘El Niño’ de 1997, catalogado como el más fuerte del que tengamos registro, y en el de 2016, el segundo más intenso de los últimos 50 años en Colombia. En ambos momentos, las temperaturas del Pacífico alcanzaron los 2.4 grados centígrados, convirtiéndolos en eventos de características fuertes, como el que hoy se confirma.
El Ministerio de Ambiente ha destinado un presupuesto de $2,2 billones para financiar el Plan Nacional de Gestión, que se concentrará en 176 municipios vulnerables del país. Atendiendo al carácter impredecible del fenómeno climático durante los seis meses en los que se extendería podría resultar una cifra demasiado conservadora para dar respuesta a las necesidades de los sectores más sensibles, como el agropecuario. Indispensable monitorear a diario su tendencia de crecimiento hasta que las condiciones en el Pacífico retornen a su normalidad, al igual que el nivel de afectación que cause para adoptar medidas adicionales dirigidas a solventar los daños.
Hace ocho años, cuando el país atravesaba justamente la fase de maduración de un fenómeno bastante más prolongado que lo habitual, se iniciaba el periodo de los mandatarios regionales. La historia se repite. En ese momento, 134 municipios presentaban desabastecimiento y racionamiento de agua, las cuencas de los ríos Magdalena y Cauca tenían niveles reducidos que dificultaban su navegabilidad, más de 4 mil incendios forestales habían arrasado 260 mil hectáreas y las autoridades confirmaban 5 personas muertas y 34 heridas por estas conflagraciones. El balance, al final, fue dramático con una afectación en más de la mitad del país.
¿Por dónde empezar?, se preguntarán los recién aterrizados en las lides de la política que sin manual ni experiencia, a diferencia de los repitentes, tendrán que aprender a gobernar sobre la marcha. Sería un error que los mandatarios entrantes desestimaran el impacto de ‘El Niño’, de modo que este asunto debe ser una prioridad en sus empalmes con los salientes. Ambos tienen que liderar las acciones preventivas y los planes para enfrentar lo más complejo de la emergencia.
Con embalses recibiendo menos agua de lo esperado, ahorrar energía y, sobre todo, agua, son decisiones personales que deberíamos asumir con gran responsabilidad. No esperemos que nos sean impuestas a manera de restricciones, y de forma inevitable, en la medida en que la situación se torne crítica. Tratar de mitigar o ralentizar los efectos más adversos que podría dejar ‘El Niño’, a partir de las próximas semanas, es lo que corresponde. ¡Planificar para estar listos es la clave!







