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Pese a ser prevenibles y evitables, los siniestros viales se han convertido en una de las principales causas de muerte en Colombia. Solo el año pasado, 7.270 personas fallecieron y otras 16 mil resultaron lesionadas en choques, colisiones o atropellos, que primordialmente involucraron a pasajeros de motos, peatones y ciclistas, el 83 % de las víctimas fatales. Buena parte de esos casi 20 fallecidos diarios fueron menores de 30 años en plena edad productiva, de un entorno socioeconómico vulnerable que no habían concluido sus estudios secundarios. Lo anterior confirma lo dicho por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) sobre cómo este grave problema de salud pública ha ensanchado las brechas de inequidad social, profundizando las trampas de pobreza que aprisionan a los jóvenes colombianos.

En Barranquilla, 40 personas han muerto en siniestros viales durante 2022, un dato al alza si se compara con el año anterior. Mientras que en 2021, 120 usuarios de motos y 60 peatones –la mayor parte de ellos menores de 40 años– perdieron la vida, y este año van 75, en las carreteras del Atlántico donde coexisten siete organismos de tránsito con enfoques muchas veces distintos o difíciles de armonizar, lo que compromete su labor primordial. Convendría revisar esta insólita dispersión de esfuerzos en un asunto cada vez más relevante debido al incremento de tan dramáticos eventos.

En 2021, uno de los decesos que más conmocionó al país fue el del niño ciclista Julián Esteban Gómez Torres, admirador de Egan Bernal, y quien soñaba con seguir sus pasos. El pequeño, de 13 años, fue arrollado mientras entrenaba con un tío en Zipaquirá, Cundinamarca. Su muerte no solo fue una tragedia familiar. También puso en evidencia la silenciosa catástrofe que afrontan los menores de 14 años en nuestras carreteras. Cerca de 3 mil han fallecido en la última década en siniestros viales, la primera causa de muerte entre niños de 5 a 14 años en Colombia. Víctimas inocentes de una serie de errores o deficiencias de los componentes del sistema vial, en el que las obligaciones están repartidas. Imposible olvidar lo sucedido hace 8 años en Fundación, Magdalena, donde 33 menores, entre 6 y 12 años, murieron calcinados en el interior de una buseta que no cumplía con los mínimos estándares de seguridad. Lamentablemente, poco o nada ha cambiado desde entonces. Dolorosa verdad que debemos reconocer.

Este horror tiene que parar. Casi un año después de la muerte de Julián Esteban, el Congreso de la República aprobó un proyecto de ley que lleva su nombre para poner en marcha una política pública de seguridad vial bajo un enfoque de sistema seguro, con la meta de eliminar o, en lo posible, reducir al máximo las muertes por siniestros viales. ¿Es posible lograrlo? Debería serlo. Se requiere eso sí cambiar paradigmas sobre el enfoque de la seguridad en los desplazamientos, asegurando el derecho de todos a una movilidad segura, incluyente y sostenible. Responsabilidad, desde luego, compartida en la que comunidades, diseñadores del sistema y tomadores de decisiones en el sector público tienen mucho que aportar.

Ponerse de acuerdo en el cómo es uno de los desafíos de la nueva normativa impulsada por la iniciativa ‘Conduce a 50, Vive al 100’ y la Liga Contra la Violencia Vial. Uno de sus puntos fundamentales redefine el límite de velocidad en vías urbanas, que no podrá sobrepasar los 50 kilómetros por hora, y cerca a zonas escolares y residenciales será de máximo 30 kilómetros por hora. Si esta guía hubiera estado vigente y se cumpliera con rigor, quizás Angie Barraza, de 12 años, estaría aún con vida. La menor fue arrollada por un motociclista a pocos pasos de su casa, cuando iba a rumbo al colegio, en Sabanalarga. A una velocidad reducida, la posibilidad de sobrevivir tras un impacto oscila entre 50 y 90 %.

Salvar vidas también requiere vehículos e infraestructura vial seguros, una exigencia que la ley prevé para los fabricantes de automotores, en tanto las nuevas carreteras deberán ser diseñadas y construidas para disuadir a sus usuarios de comportamientos riesgosos. Es lo mínimo. Necesitamos conductores idóneos, responsables y conscientes de la vulnerabilidad de los demás actores viales. La temeridad o imprudencia solo desencadena tragedias. No nos deberíamos permitir ni una más. Por Julián Esteban, Angie o los 33 ángeles de Fundación, es hora de echar el freno.