Días atrás, un usuario se quejaba con vehemencia en Twitter de que se permita a Amazon introducir en el país juguetes. Lo consideraba una competencia desleal contra los empresarios tradicionales, que pagan aranceles y otros tributos para comercializar los mismos productos.
El mismo usuario criticaba en la misma red social, y con idéntica exaltación, que Uber se hubiera visto obligada a salir de Colombia. A su juicio, la plataforma de transporte representa el futuro frente al anquilosado modelo actual de servicio público.
Ver a Amazon como una amenaza y a Uber como una maravilla de la modernidad es, en principio, contradictorio. Y refleja la enorme confusión que existe no solo frente a las nuevas tecnologías, sino ante el modelo social que está imponiendo la globalización.
Mucho se ha escrito en los últimos días sobre Uber. Sobre las normas que estaría violando en nuestro país. Sobre la laxitud de la relación contractual con sus conductores. Sobre su elusiva tributación al fisco.
Al mismo tiempo, se ha cuestionado al Gobierno –con razón– por su pasividad ante una realidad que, al igual que el sol, no se puede tapar con los dedos. Para algunos, la salida de Uber es una claudicación ante el poderoso gremio de los taxistas que no solo afecta a casi 100 mil conductores y más de dos millones de usuarios, sino que lanza un mensaje negativo a los mercados acerca de la capacidad de los colombianos para adaptarse a los nuevos tiempos.
No estamos ante un hecho aislado. El caso de Uber forma parte de un fenómeno avasallador, con infinidad de tentáculos, que recorre el mundo con unas nuevas reglas al amparo de los espacios que va abriendo la globalización.
Ese tsunami tecnológico, abanderado por gigantes como Google, Facebook y Youtube, incluye plataformas del tipo Uber, InDriver, Airbnb, Amazon o Rappi. La mayoría de estas empresas ha tenido problemas judiciales en diversos países, y más de una ha visto forzada a cerrar operaciones, sobre todo en la muy regulada Europa continental.
¿Qué se puede hacer ante este desafío? En su recién publicado libro Excesos, Emilio Ontiveros, uno de los más influyentes pensadores económicos de España, defiende la globalización y el libre comercio como motores de conocimiento mutuo y cooperación. Pero subraya que deben estar controlados, regulados y libres del dominio excesivo de la economía financiera.
Quizá ahí está la clave. En encontrar la difícil fórmula que permita establecer unas regulaciones, incluso una gobernabilidad, a la galopante globalización, pero que no acaben por desnaturalizar las potencialidades de esta. Uber solo es un granito de arena en este candente debate que determinará el futuro de la humanidad.








