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La declaración de un nuevo cese el fuego unilateral por parte de las Farc constituye, tal como señaló el presidente Santos, una noticia positiva, pero insuficiente.

Positiva, por la razón elemental de que siempre será mejor que la guerrilla no cometa atentados criminales a que lo haga, más allá de los fines últimos que esté persiguiendo con su estrategia.

Insuficiente, porque, a estas alturas de la película de La Habana, cuando están a punto de cumplirse tres largos años de negociaciones y en un momento de creciente desafección al proceso de paz, a muchos colombianos les dice poco este tipo de anuncios, y eso en el mejor de los casos. En el peor, consideran que se trata de una nueva maniobra de las Farc que no merece la mínima credibilidad.

Las Farc ya pusieron en marcha, el 17 de diciembre pasado, un cese el fuego unilateral, pero lo rompieron el 15 de abril de este año con una matanza en Cauca que dejó 10 soldados muertos y muchos otros heridos. A partir de ese momento, la guerrilla emprendió una enloquecida escalada de violencia que incluyó más víctimas militares y ataques contra oleoductos que han provocado una terrible devastación medioambiental, o “ecocidio”, en palabras del presidente Santos.

Los diálogos se La Habana comenzaron, y continúan,bajo la ‘doctrina Isaac Rabin’, llamada así por el asesinado primer ministro israelí, de “negociar como si no existiese conflicto, y mantener la ofensiva militar como si no hubiese negociación en medio del conflicto”. Desde un comienzo, el Gobierno rechazó la tregua bilateral con el argumento de que, en las anteriores negociaciones de paz, la guerrilla había aprovechado el repliegue militar para rearmarse y reestructurarse.

La guerrilla ha justificado en repetidas ocasiones sus actuaciones violentas precisamente con el argumento de que las ‘reglas del juego’ impuestas por el Gobierno lo permiten. Y con los atentados ha buscado dos objetivos: presionar a Santos para que decrete la tregua bilateral y, al mismo tiempo, hacer exhibiciones de fuerza en un momento crucial de las negociaciones, en el que se van a abordar diversos puntos espinosos, como la aplicación de la justicia a los líderes guerrilleros o la participación de estos en la vida política.

El presidente, acertadamente, no ha dado su brazo a torcer. Y las Farc, quizá conscientes del enorme y creciente rechazo popular a sus actividades, han vuelto a declarar un cese el fuego unilateral. El presidente les ha ofrecido para más adelante un desescalamiento de la ofensiva militar –no una tregua formal– si esta vez demuestran un compromiso real y verificable de su voluntad de parar la violencia.

Existe la opinión generalizada, elevada por algunos a la categoría de dogma, de que las Farc tienen siempre ventaja en los procesos de negociación porque sus tiempos son eternos, mientras que los de los gobiernos son cortos. La guerrilla seguramente sabe que esto ha dejado de ser así. Que el conflicto tiene otras dimensiones además del tiempo. Por ejemplo, un Ejército cada vez más sofisticado tecnológicamente y unos ciudadanos hasta la coronilla de tanta sinrazón.